El "Buffet Libre" de la eternidad (o por qué mi tostadora no me da la paz interior)

¿Alguna vez han sentido que, tras comerse una pizza familiar, siguen teniendo un vacío en el alma? Bueno, técnicamente es el estómago pidiendo clemencia, pero la lectura de algún pasaje del evangelio nos dice que el problema es mucho más profundo.

Resulta que en el Evangelio de Juan (Jn 6, 30-35), la gente le pedía a Jesús una "señal". Como si multiplicar panes y peces el día anterior hubiera sido un truco de magia barata de fiesta de cumpleaños. "Oye, Moisés nos dio maná gratis en el desierto, ¿tú qué traes para el brunch?", parecen decir. Nada como un poco de exigencia gourmet para empezar el día.

El drama de la digestión existencial....
El texto nos recuerda una verdad que a veces nos duele más que un cargo inesperado en la tarjeta de crédito:
El pan de cada día: ese que pedimos en el Padrenuestro y que, admitámoslo, a veces confundimos con el croissant artesanal de la esquina.
La diferencia vital: dice el autor que Dios alimentó al pueblo en el desierto con algo que caducaba. Era como comida para llevar: te servía para el momento, pero al día siguiente, vuelta a empezar.
El plato principal: Jesús se presenta como el "Pan de Vida". Y aquí es donde el sarcasmo se rinde ante la realidad: estamos tan ocupados buscando "alimentos" que se corrompen (reproches, likes en Instagram, el último modelo de iPhone) que nos olvidamos de lo único que no nos deja con hambre a las dos horas.

Conclusión (para los que tenemos hambre de algo más)....
La reflexión final es una joya: "Señor, danos tu pan... ese que cura nuestra permanente sed".
Es curioso. 

Nos pasamos la vida intentando llenar el vacío existencial con series de Netflix y ofertas de Amazon, cuando el manual de instrucciones (bastante antiguo, por cierto) nos dice que la verdadera saciedad no viene en un paquete de Amazon Prime, sino en una entrega de "eternidad" que ya fue pagada hace rato.

Así que, la próxima vez que sientas que te falta "algo", antes de asaltar la nevera por quinta vez en la noche, quizás valga la pena preguntarse si lo que te ruge es el estómago... o el espíritu.

Buen provecho (espiritual).

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