El arte de esperar (o cómo no romperte los nudillos contra la realidad)

Dicen los optimistas del destino que, si estás "alineado con tu propósito", las puertas se abrirán solas. Es una imagen poética, ¿verdad? Casi nos hace olvidar que, en el plano físico, una puerta que se abre sin que nadie la toque suele ser señal de una corriente de aire o de un fantasma con asuntos pendientes. 

Pero en la metafísica de la comodidad, esto significa que si dejas de sudar la gota gorda intentando forzar cerraduras que no te pertenecen, el flujo del cosmos —ese recepcionista invisible— finalmente te dejará pasar.

¿Por qué nos empeñamos en derribar muros cuando podríamos simplemente caminar por la entrada principal? A veces, nuestra obsesión por "hacer que las cosas sucedan" no es más que un berrinche del ego frente a un universo que tiene un timing mucho más irónico que el nuestro.

La corriente no se pelea: nadar contra el río es un excelente ejercicio cardiovascular, pero una estrategia mediocre de transporte.

La paciencia no es pasividad: no se trata de quedarte vegetando en el sofá esperando que el éxito te traiga una pizza. Se trata de estar listo para cruzar el umbral cuando las bisagras del destino dejen de estar oxidadas.

Cultivar la consciencia no es para alcanzar la iluminación (eso suena a demasiado trabajo), sino para dejar de chocar contra el vidrio como una mosca confundida. 

La intuición es esa vocecita que te dice: "Oye, deja de golpear esa puerta, es un mural pintado en la pared".

Reflexión para el cínico ilustrado: > Piensa en ese momento de tu vida donde algo "perfecto" cayó del cielo. Probablemente ocurrió cuando finalmente te rendiste o cuando estabas demasiado distraído siendo tú mismo como para intentar impresionar a nadie.
Al final, quizás la puerta no se abre porque "te lo mereces", sino porque finalmente dejaste de bloquearla con tu propia insistencia. 

Si la puerta no se abre, quizás no es tu puerta, o quizás, simplemente, es una pared y necesitas un nuevo arquitecto existencial.

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