El 3 de marzo: la herida que desafía el mito de la Transición pacífica
El relato oficial de la Transición española ha insistido durante décadas en una imagen de consenso, moderación y progreso sin sobresaltos.
Sin embargo, cada 3 de marzo la ciudad de Gasteiz recuerda que la historia real estuvo llena de rupturas, violencia y resistencia popular. Aquel día de 1976, cuando cinco trabajadores fueron asesinados por la policía al intentar celebrar una asamblea, quedó grabado como una marca indeleble en la memoria colectiva vasca y española.
No fue un accidente: fue el desenlace trágico de un proceso de movilización obrera que durante dos meses transformó la conciencia social de toda una comunidad.
Para entender la masacre no basta con observar el instante en que las balas atravesaron las paredes de la iglesia de San Francisco. Hay que mirar atrás, al tejido social que se estaba gestando en Gasteiz. La ciudad vivía una profunda transformación industrial, demográfica y urbana. Miles de trabajadores, muchos jóvenes y muchas mujeres, sufrían condiciones laborales durísimas: salarios bajos, horarios interminables y escasa representación sindical efectiva.
Frente a esta realidad, la respuesta no fue pasiva. Se desarrolló un modelo organizativo profundamente democrático y horizontal: las Comisiones Representativas, elegidas en asambleas abiertas, permitieron a la clase trabajadora articular un movimiento que desbordaba los márgenes del sindicalismo tradicional.
Fue un proceso rápido pero intenso de empoderamiento colectivo, particularmente relevante para las mujeres, que encontraron en aquella lucha un espacio político que hasta entonces les había sido negado.
Lo sucedido el 3 de marzo desmonta por completo el mito de la Transición sin violencia. La respuesta policial no fue un exceso aislado, sino la muestra más cruda de un aparato estatal todavía anclado en las lógicas represivas del franquismo. Las cargas, los gases y los disparos no pretendían solo disolver una asamblea, sino enviar un mensaje: el miedo debía seguir gobernando las calles.
Los cinco trabajadores asesinados —Pedro María Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso, José Castillo y Bienvenido Pereda— no fueron víctimas colaterales. Fueron el costo humano de un sistema que aún no estaba dispuesto a aceptar la organización popular ni la democratización real de los centros de trabajo.
La impunidad posterior, sin juicios ni responsabilidades políticas, completó el retrato de un Estado que se negaba a mirarse al espejo.
Un antes y un después en la vida colectiva de Gasteiz...
La masacre no solo conmocionó a Euskadi; redefinió para siempre la vida social y política de Gasteiz. Las movilizaciones posteriores, la indignación transversal y el duelo compartido generaron un sentido de identidad colectiva basado en la justicia y la memoria. La ciudad entera quedó atravesada por un sentimiento de dignidad y dolor que aún hoy perdura.
Con el tiempo, la memoria del 3 de marzo se ha vuelto hegemónica en la ciudad. Pero esa hegemonía no implica ausencia de conflicto: sigue habiendo tensiones en torno al reconocimiento institucional, la desclasificación de documentos, la reparación a las víctimas y el relato histórico que debe transmitirse a las nuevas generaciones.
Recordar es, en este caso, un acto político. El 3 de marzo de 1976 nos obliga a replantearnos qué entendemos por democracia y qué precio tuvo su construcción. Nos recuerda que la participación popular fue tan decisiva como silenciada. Y nos advierte de los peligros de una memoria complaciente, que elimina las aristas de la historia en beneficio de un relato cómodo.
La memoria del 3 de marzo es incómoda precisamente porque ilumina la posibilidad de otras transiciones, más profundas, más participativas, más justas. También porque muestra que hubo alternativas democratizadoras que no encajaban en el guion oficial.
Hoy, cuando la ciudad sigue reclamando verdad, justicia y reparación, el 3 de marzo continúa siendo un espejo en el que mirarse: un recordatorio de que la democracia no se regala, se construye.
Y, a veces, se paga demasiado cara.
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