Delfos con Pepsi: guía gastronómica para una epifanía low cost
Hay poemas que aspiran a lo eterno y otros que parecen escritos desde la mesa siete de un restaurante de carretera.
En Delfos, de Ernesto Cardenal, consigue la hazaña de hacer ambas cosas… aunque no necesariamente con éxito. Lo que promete ser una experiencia mística en uno de los centros simbólicos del mundo antiguo termina pareciéndose peligrosamente a la reseña de TripAdvisor de un almuerzo con vistas decentes.
La escena es clara: después de las ruinas (agotadas, como el lector), unos viajeros hambrientos se sientan a comer. Y entonces ocurre el milagro poético: el verso se convierte en menú. Lomo, hígado, tripas, ensalada, aceitunas “nadando en aceite”, vino resinoso, y por si el Olimpo se pone exigente, una Pepsi Cola. Apolo puede esperar; la digestión no.
Cardenal, con su estilo de enumeración casi litúrgica, eleva el acto de comer a categoría de acontecimiento histórico. No hay oráculo, pero hay garrafa. No hay éxtasis, pero hay grasa. Y eso, parece decirnos el poema, también es Delfos. El problema es que la insistencia en el inventario culinario hace que uno se pregunte si el verdadero protagonista del texto es el Parnaso o el cordero asado.
La ironía, por supuesto, es deliberada. Delfos, antiguo centro del mundo, ahora “se puede llegar en autobús”. Un autobús común y corriente. Con letrero. Por si alguien pensaba que la trascendencia venía incluida en el billete. Cardenal se empeña en subrayar lo ordinario hasta que lo sagrado queda reducido a atracción turística con parking cercano. Castalia ya no inspira versos: inspira sed, y no precisamente poética.
El poema parece decirnos: miren cómo la modernidad ha domesticado al mito. Pero lo dice con tal entusiasmo descriptivo que uno sospecha que el poeta disfruta bastante de esa domesticación. Hay un cierto placer culpable en mostrar al Parnaso como “un monte común y corriente”, casi como si eso lo hiciera más auténtico, más democrático. El Olimpo para todos, con mantel de papel.
¿Es esto crítica cultural o simple postal irónica? Tal vez ambas cosas. O tal vez ninguna. Porque entre tanto “común y corriente”, el poema corre el riesgo de volverse exactamente eso: común y corriente. La repetición, que busca desmontar el aura mítica, acaba desmontando también la tensión poética. El lector ya lo entiende a la tercera vez; a la quinta, empieza a mirar el reloj.
Y sin embargo, hay algo profundamente contemporáneo en esta Delfos con Pepsi. Es el mundo en el que vivimos: ruinas con wifi, templos con souvenirs, trascendencia servida con hielo y limón. Cardenal no escribe sobre la caída del mito; escribe desde sus escombros, con buena digestión y vistas aceptables.
Al final, En Delfos no nos deja una revelación, sino una constatación: incluso los lugares sagrados acaban siendo áreas de servicio del espíritu. Y quizás ese sea el verdadero oráculo moderno: no importa cuán alto sea el monte, siempre habrá un bus que llegue hasta la cima… y alguien pidiendo la cuenta.
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