La trampa del antagonismo: una lección vigente de Karl Marx
Karl Marx identifica un fenómeno que, a pesar de referirse al siglo XIX y al conflicto entre trabajadores ingleses e irlandeses, conserva una inquietante actualidad.
Marx no está hablando solo de un conflicto étnico o nacional; está describiendo un mecanismo estructural que las clases dominantes utilizan para fracturar la unidad de quienes comparten intereses materiales comunes. Su diagnóstico, brutalmente claro, es que el odio entre trabajadores no es un accidente histórico, sino un instrumento político.
Según Marx, el trabajador inglés veía al irlandés como una amenaza doble: económica —por aceptar peores salarios— y simbólica —por pertenecer a un grupo social despreciado. Esa mezcla de miedo y arrogancia, de inseguridad y prejuicio, lo convertía, sin saberlo, en un eslabón más en la cadena de dominación capitalista.
Mientras el trabajador defendía su supuesto “estatus” dentro de la nación dominante, los capitalistas celebraban que esa superioridad imaginaria sirviera como barrera para impedir la organización obrera.
Es difícil leer esto sin pensar en paralelismos contemporáneos. Hoy, como entonces, la narrativa de que “el enemigo es el que viene a quitarte el trabajo” sigue ocupando titulares y debates.
La lógica del antagonismo no ha cambiado: divide a quienes comparten problemas reales —precariedad, salarios insuficientes, inseguridad vital— y los distrae con amenazas ficticias.
Marx va más allá al señalar que este antagonismo no surge de la nada: es cultivado, amplificado y sostenido. En el siglo XIX era la prensa; hoy son también las redes sociales, los discursos políticos polarizadores y ciertos intereses empresariales y mediáticos que encuentran rentable alimentar el miedo al “otro”. La fórmula es sencilla: mientras la mirada de los trabajadores se centra en quienes están un escalón más abajo, no se vuelve hacia arriba.
El trabajador irlandés, por su parte, responde con el mismo resentimiento. Y aquí Marx nos ofrece su conclusión más dura: esa enemistad mutua es “el secreto de la impotencia de la clase obrera”. No sufre derrota por falta de fuerza, sino por división interna.
La alternativa que propone —y que sigue siendo un desafío histórico— es la solidaridad de clase. No una solidaridad basada en identidades nacionales, culturales o religiosas, sino en la conciencia de que quienes venden su trabajo comparten una posición común en la estructura económica.
Solidaridad no como consigna romántica, sino como estrategia política y social para dejar de ser, involuntariamente, instrumentos de su propia subordinación.
Lo que hace tan vigente el análisis de Marx es que no se limita a describir una injusticia: señala el mecanismo que la reproduce. Y mientras ese mecanismo siga operando, mientras se siga culpando a otros trabajadores —migrantes, precarios, temporales— de problemas que tienen raíces mucho más profundas, su advertencia seguirá resonando.
La pregunta, entonces, no es si Marx tenía razón hace 150 años. La pregunta es si somos capaces, hoy, de reconocer las nuevas formas de ese viejo antagonismo y de imaginar una respuesta diferente.
Porque si algo demuestra la historia es que la división de quienes deberían caminar juntos siempre ha sido el mayor triunfo de quienes los dirigen.
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