La paradoja del trono de juguete: por qué tu jefe sigue siendo tu jefe

Es una escena clásica: miras a la persona que toma las decisiones y te preguntas cómo es posible que logre atarse los cordones por la mañana, y mucho menos dirigir una organización. 

El instinto humano, impulsado por una mezcla de justicia poética y exceso de confianza, nos dice que heredar el imperio es cuestión de lógica. 

Pero la Ley n.º 7 acaba de lanzarnos un balde de agua fría de realidad.
1. El Imperio del "Mínimo Esfuerzo". Si un estúpido controla un imperio, significa que el imperio es, por definición, a prueba de tontos. Se mantiene en pie por pura inercia o porque las estructuras son tan sólidas que ni siquiera una gestión desastrosa puede derribarlas. La trampa está en creer que, porque es fácil de "manejar", es fácil de "quitar".

2. El Efecto Dunning-Kruger como Armadura. Aquí entra la cláusula de oro del texto: "(y no lo sepas)". La genialidad de ser un estúpido en el poder es que no tienes la menor idea de que lo eres. Esa falta de autoconciencia te otorga una seguridad de acero. Si tú, en cambio, eres lo suficientemente inteligente como para dudar de tus capacidades, ya estás en desventaja competitiva. El estúpido no duda; el estúpido simplemente avanza.

3. La Matemática del Error. Para derrocar a un tonto, necesitas una estrategia. Pero si tu estrategia es simplemente "yo lo haría mejor", ya has caído en la segunda parte de la ley. En el momento en que subestimas a un "emperador estúpido", automáticamente te conviertes en el eslabón más débil de la cadena evolutiva del liderazgo.

Antes de intentar asaltar el castillo, hazte un test rápido de humildad. 

Si crees que tomar el poder será "pan comido", felicidades: acabas de cumplir el requisito principal para ser el próximo estúpido al que intentarán derrocar.

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