La Logia de los Elegidos: Una oda a la Ley n.º 4
Qué alivio.
Finalmente, alguien ha tenido la valentía de poner por escrito lo que todos sospechábamos: que el resto de los mortales estamos aquí simplemente para decorar el paisaje y, de vez en cuando, cumplir órdenes que no entendemos.
La Ley n.º 4 reza con una solemnidad casi mística: "Las decisiones relevantes solo se discuten con quienes toman parte en la decisión". Es una tautología tan perfecta que roza la iluminación divina. Es como decir que "solo los que están invitados a la cena pueden probar el caviar". Gracias por la aclaración, capitán obvio.
Esta ley es el sueño húmedo de cualquier amante del micromanagement y las sociedades secretas. ¿Para qué perder el tiempo con conceptos tan anticuados como la transparencia, el feedback o —Dios nos libre— el consenso? Eso de involucrar a los que realmente van a sufrir las consecuencias de la decisión es tan del siglo XX.
Lo que realmente necesitamos es un grupo selecto de tres o cuatro iluminados encerrados en una sala con aire acondicionado, decidiendo el destino de cientos sin que el molesto "ruido de la realidad" les interrumpa.
Admitámoslo, ser un excluido tiene sus ventajas:
Ahorro energético: Tu cerebro no tiene que procesar el "porqué" de las cosas. Solo el "qué" y el "para cuándo".
Factor sorpresa: Cada nueva directriz es como un regalo de Navidad. No sabes qué hay dentro del paquete hasta que explota en tu escritorio.
Cero responsabilidad: Si las cosas salen mal (que saldrán, porque nadie consultó a los que saben cómo se hace el trabajo), siempre puedes decir: "A mí no me miren, yo no estaba en la Mesa de los Elegidos".
La próxima vez que veas una puerta cerrada y escuches susurros importantes, no sientas curiosidad. Siente gratitud. La Ley n.º 4 está ahí para protegerte de la peligrosa tentación de tener una opinión.
Porque, después de todo, ¿quién quiere participar en el diseño del barco cuando es mucho más emocionante esperar a ver si choca contra el iceberg?
Comentarios
Publicar un comentario