El valor de la coherencia: entre la agenda material de las mujeres y el respeto a la diversidad
En los últimos días, un debate complejo ha vuelto a agitar las aguas del debate público europeo e internacional. La publicación de un manifiesto promovido por la organización Transgender Europe (TGEU), respaldado por diversas siglas asociativas, ha provocado una respuesta contundente por parte de unas 150 organizaciones feministas de todo el mundo.
El punto de fricción central es la inclusión, bajo el paraguas del concepto de "transfeminismo", de la normalización y legalización de la prostitución como si de un empleo más se tratase, desplazando además la categoría política "mujer" de su eje tradicional de análisis.
Quienes leéis este espacio sabéis que no soy partidario de los discursos de brocha gorda.
En un ecosistema digital saturado de polarización, insultos cruzados y reduccionismos, considero que la única herramienta con valor real a largo plazo es la coherencia.
No comparto las posiciones machistas que históricamente han subordinado a la mujer, ni me identifico en absoluto con posturas tránsfobas que pretendan negar los derechos humanos, la dignidad y la protección social de las personas trans.
El respeto mutuo y la defensa de una vida libre de violencia y discriminación para todos los seres humanos deben ser pilares irrenunciables de nuestra convivencia.
Precisamente desde ese compromiso con la coherencia, me parece fundamental analizar críticamente lo que está ocurriendo con la agenda feminista.
El feminismo es un movimiento social e histórico con un sujeto político claro y definido: las mujeres, entendidas como la clase sexual que ha sufrido una opresión material, económica y reproductiva estructurada precisamente sobre la base de su sexo.
Cuando observamos iniciativas que diluyen esta realidad o que utilizan la legitimidad social acumulada por el feminismo para introducir demandas ajenas a su núcleo —como la regularización del mercado sexual—, es natural y necesario que surja una voz de alerta.
La prostitución no es un espacio de emancipación; es un mercado cuya materia prima sigue estando constituida de manera abrumadoramente mayoritaria por los cuerpos de mujeres en situaciones de profunda vulnerabilidad económica, migratoria o social.
Intentar redefinir el marco conceptual del feminismo para que este avale la disponibilidad sexual mercantilizada de las mujeres bajo la etiqueta de la "inclusión" resulta, cuanto menos, una contradicción teórica y un retroceso ético.
Defender que las mujeres sigan siendo el sujeto central de su propio movimiento político y oponerse a lo que se ha denominado el "borrado de las mujeres" no implica, de ningún modo, desatender las demandas legítimas del movimiento trans en sus postulados coherentes.
Las personas trans merecen y deben tener garantizada la protección plena frente a la discriminación laboral, el acoso escolar, la exclusión social y la violencia.
Reconocer y apoyar esas necesidades es una cuestión de justicia social y derechos humanos.
Sin embargo, la coherencia nos exige trazar una línea de sensatez: una cosa es asegurar que ninguna persona sufra marginación por su identidad, y otra muy distinta es desmantelar las herramientas de análisis de la realidad material basadas en el sexo, o instrumentalizar las siglas de la diversidad para blanquear la explotación sexual de las mujeres.
Este no es un camino de confrontación destructiva, sino de exigencia intelectual. Se puede, y se debe, apoyar firmemente el manifiesto feminista contra la desnaturalización de su agenda y contra la mercantilización de los cuerpos, manteniendo intacto un respeto absoluto y sincero hacia las personas trans.
El equilibrio y la lucidez radican en saber dónde termina una demanda justa y dónde empieza la apropiación o desvirtuación de una lucha histórica.
En esa búsqueda de la coherencia, sin etiquetas simplistas y con honestidad intelectual, es donde siempre me vais a encontrar.
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