El mundo a través de mi ojo izquierdo empañado
Hubo un tiempo en que el miedo tenía una dirección clara. Se concentraba en el ojo derecho, en aquellas mañanas de agujas e inyecciones intravítreas que comenzaron en 2022. Aquello fue un asalto de la polineuropatía diabética, ese enemigo silencioso que primero amenaza los pasos y luego intenta nublar la mirada. Sin embargo, tras mucho resistir, el ojo derecho dio una tregua.
Llevaba años en paz, quieto, permitiéndome olvidar por momentos la fragilidad de la tregua.
Pero la calma, en esta enfermedad, es un territorio prestado.
La última revisión de oftalmología trajo consigo el jarro de agua fría. La retinopatía, caprichosa y cruel, ha decidido mudar de trinchera. Ha aparecido en el ojo izquierdo, el que guardaba la línea, el que sostenía el mundo mientras el otro descansaba.
Hace una semana pasé de nuevo por el quirófano para el pinchazo. Conozco el proceso, conozco la espera. Pero esta vez el silencio del postoperatorio se está haciendo demasiado largo. No hay mejoría.
Al contrario, la distancia se ha vuelto un enigma indescifrable; no logro enfocar, la vista se me agota a los pocos minutos y una constelación de chiribitas borrosas se ha instalado en mi campo visual.
Ayer volví a mirar la rejilla de Amsler. Es un ejercicio casi masoquista cuando las cosas van mal. Buscar la simetría de los cuadrados y encontrar, en su lugar, líneas que se doblan, que se difuminan y que pierden la compostura.
El medicamento ya debería haber hecho su trabajo, o al menos eso me repite la lógica de las veces anteriores. Pero el ojo izquierdo sigue empeñado en distorsionar la realidad.
A veces, cuando la neuropatía aprieta y las piernas fallan, uno llega a pensar en la rendición. En un rincón oscuro, asalta el pensamiento de qué pasará cuando la movilidad se reduzca a la nada, si es que este avance no se detiene. Es un pensamiento negro, pesado.
Pero hoy el miedo es otro, más sutil y más profundo. Si la movilidad falla, el mundo se reduce, pero sigue ahí fuera, reconocible.
En cambio, si no podemos ver el mundo con los ojos que tenemos... ¿qué nos queda?
¿Cómo habitamos una realidad que se deforma ante nosotros?
Me quedo aquí, parpadeando frente a la pantalla, esperando que la niebla ceda y que el izquierdo, al final, decida volver a mirar de frente.
Comentarios
Publicar un comentario