El espejismo de las siglas: ¿por qué (no) importa el futuro de la izquierda?
El debate político actual parece orbitar obsesivamente en torno a una pregunta que, para muchos analistas y ciudadanos, empieza a sonar agotada: ¿Qué va a pasar con la izquierda? Sin embargo, tras este interrogante se esconde una trampa semántica y estratégica.
La tesis central es provocadora pero necesaria: quizás, el futuro de la "izquierda" como etiqueta o estructura de partidos sea lo de menos si se pierde de vista el propósito para el que fue creada.
El debate interno de las formaciones progresistas —marcado por la fragmentación, las cuotas de poder y la constante redefinición de identidades— ha terminado por ser un ejercicio narcisista. Mientras los partidos se preguntan cómo sobrevivir a la próxima cita electoral o cómo unificar siglas que parecen irreconciliables, la realidad social sigue su curso, a menudo desconectada de estas cuitas de palacio.
A la ciudadanía que sufre la precariedad laboral, la crisis de la vivienda o el desmantelamiento de los servicios públicos, no le "importa" el futuro de la izquierda como ente abstracto. Lo que importa es la capacidad de esa izquierda para transformar la realidad.
En un contexto de auge de la extrema derecha, donde voces como las de Gabriel Rufián o sectores de Sumar y el PSOE proponen "frentes comunes democráticos", estos movimientos no deben ser solo una estrategia de resistencia o de "miedo al otro", sino que deben dotarse de un contenido propositivo. Si la izquierda solo se define por ser el dique de contención contra la derecha, termina vaciándose de contenido y perdiendo su razón de ser.
La gestión frente a la ideología: se critica la tendencia de los gobiernos progresistas a caer en una gestión técnica del "mal menor", olvidando las reformas estructurales que prometieron.
La desafección política: advertir que cuando la izquierda se preocupa más por su propia supervivencia que por los problemas materiales de la gente, regala el terreno de la rebeldía a la extrema derecha.
El futuro es la utilidad: la conclusión implícita es que a la izquierda solo debería importarle su futuro en la medida en que sea útil para la mayoría social. Si la etiqueta se vuelve un estorbo o un fin en sí mismo, su relevancia está condenada a desaparecer.
"No importa el futuro de la izquierda" es, en esencia, una llamada de atención contra el ensimismamiento. Invito a dejar de mirar el ombligo de los partidos para volver a mirar a las plazas y a los centros de trabajo. El éxito del progresismo no se medirá por la supervivencia de sus siglas, sino por su capacidad de ofrecer un horizonte de esperanza y seguridad en tiempos de incertidumbre.
La pregunta no es si la izquierda tiene futuro, sino si el futuro que queremos tiene espacio para una política que realmente ponga la vida en el centro.
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