El "Efecto Silvela": cómo un señor con bigote decimonónico inventó el deporte favorito de la derecha actual
¡Hola, amigxs de lo absurdo!
Hoy venimos a hablar de herencias. Pero no de las buenas (ojalá una cuenta en Suiza de un tío abuelo desconocido), sino de las herencias políticas que nos amargan los telediarios.
Si últimamente tenéis la sensación de que abrir un periódico es ver un festival de querellas, denuncias penales y acusaciones de alta traición contra cualquier ministro que ose respirar, no culpéis solo a la factoría de ideas de Vox o a los estrategas del Partido Popular. Ellos solo son los alumnos aventajados. El verdadero "influencer" de este drama se llama Francisco Silvela.
Sí, viajad conmigo al Madrid de finales del siglo XIX. Ese señor con cara de estar oliendo algo rancio es nuestro hombre.
El nacimiento del "Lawfare" con sabor a cocido madrileño...
A Silvela se le recuerda en los libros de historia con una frase muy bonita: "España es un país sin pulso". Pero lo que no te suelen contar en el instituto es que, además de ponerse melodramático, a don Francisco le debemos la popularización de un arma de destrucción masiva institucional: la acción popular.
En su cabeza (y en la legislación de la época), la idea sonaba fantástica, casi idílica. ¿Que un ciudadano de a pie ve corrupción? ¡Pues se convierte en el justiciero del pueblo y denuncia! Qué democrático, qué transparente, qué bucólico.
La realidad: Silvela utilizó la acción popular como un ariete político brutal. En lugar de ganar las discusiones en el Parlamento con argumentos, descubrió que era mucho más divertido y eficaz llevar a los ministros liberales del Gobierno a los tribunales.
¿Para qué debatir sobre presupuestos si puedes acusar al rival de malversación y arrastrar su nombre por el fango judicial?
A esto, amigos, en el siglo XXI lo llamamos lawfare o judicialización de la política. Pero Silvela ya lo hacía con levita y chistera.
Vox, el PP y el noble arte de "silvelear"...
Damos un salto en el tiempo y plantémonos en la actualidad. Contemplad el panorama. ¿Os suena de algo este modus operandi?
Paso 1: Un ministro aprueba una ley que no te gusta.
Paso 2: En vez de convencer a los votantes de que tu programa es mejor, redactas una querella basada en recortes de periódico, blogs de dudosa reputación y algún tuit sospechoso.
Paso 3: Activistas de ultraderecha o pseudosindicatos ejercen la acción popular.
Paso 4: Titulares en bucle durante tres meses. Da igual que la denuncia se archive (spoiler: el 90% se archivan), el daño reputacional ya está hecho.
La derecha y la ultraderecha española han perfeccionado el legado de Silvela hasta niveles artísticos. Hemos visto denuncias por "organización criminal" por gestionar una pandemia, acusaciones de traición a la patria por pactar leyes, y querellas preventivas por si acaso el Gobierno respira demasiado fuerte hacia la izquierda.
Es fascinante ver a Vox y al PP rasgarse las vestiduras en el Congreso y, acto seguido, correr al Tribunal Supremo como el niño que va a chivarse a la profesora. Han convertido los juzgados en la tercera cámara de las Cortes. Si Silvela levantara la cabeza, estaría cobrando derechos de autor por cada querella de Manos Limpias o HazteOír.
El daño colateral: Una democracia sin pulso (y sin paciencia)...
Lo peor de este juego no es que los políticos pierdan el tiempo en los pasillos de los juzgados en lugar de trabajar.
Lo verdaderamente trágico es el daño que le hace al ciudadano común.
Gracias a esta bendita herencia:
La justicia está colapsada: Los jueces tienen que perder el tiempo investigando si un ministro miró mal a una bandera, mientras los juicios por despido o desahucio de la gente real se retrasan años.
La verdad ya no importa: El veredicto da igual. Lo único que cuenta es la foto del político entrando a declarar.
Para cuando el juez dice "aquí no hay nada", la ultraderecha ya ha vendido que hay una conspiración judeomasónica para taparlo.
La política se vuelve cobarde: Nadie quiere arriesgarse a gobernar si cada decisión puede acabar en una denuncia penal interpuesta por un señor enfadado desde su canal de Telegram.
Conclusión: Menos Silvela y más política...
Así que la próxima vez que veáis a Santiago Abascal o a los portavoces del PP anunciando a bombo y platillo la enésima querella criminal contra el Gobierno, no penséis que es una estrategia moderna de comunicación. Es solo el viejo fantasma de Francisco Silvela, que sigue arrastrando sus cadenas por el Congreso, recordándonos que en España, a veces, la innovación política consiste en perfeccionar el rencor de hace dos siglos.
¡Nos leemos en el próximo post!
(A menos que alguien me ponga una querella por este artículo, claro).
¿Qué os parece?
¿Creéis que hemos superado al siglo XIX o que estamos atrapados en un bucle temporal de señores enfadados?
Dejadme vuestros comentarios abajo.
Comentarios
Publicar un comentario