El derecho a la verdad: ese lindo adorno que no combina con el sofá...
Es enternecedor, de verdad. Abrir una agenda y toparse con un texto que nos recuerda, con la solemnidad de quien acaba de descubrir el fuego, que tenemos "derecho a la verdad". Gracias, Antonio Guterres, por confirmarnos desde tu despacho en Nueva York que la dignidad es importante. No lo habríamos sospechado nunca.
Nos habla de Monseñor Romero, un hombre que cometió el imperdonable pecado de decir la verdad en voz alta cuando lo que se estilaba era el silencio cómplice. ¿El resultado? Un balazo.
Pero no se preocupen, que décadas después hemos compensado ese pequeño inconveniente con un Día Internacional. Porque todos sabemos que no hay nada que repare mejor una ejecución extrajudicial y años de impunidad que una fecha en el calendario y un par de viñetas en una libreta de espiral.
Promover la memoria: O sea, asegurarnos de que el nombre de las víctimas aparezca en los libros de historia que nadie lee, mientras los responsables de las violaciones de derechos humanos disfrutan de sus pensiones o, mejor aún, de sus cargos públicos. ¡Memoria selectiva, qué gran concepto!
Homenajear a los luchadores: Es fantástico homenajear a quienes "perdieron la vida". Es una forma muy educada de decir que los mataron. Les damos una medalla póstuma, una plaza con su nombre y, ¡listo!, deuda saldada. La justicia puede esperar, pero el cóctel del homenaje es para hoy.
Reconocer a San Romero: Porque canonizar a alguien es la mejor forma de volverlo inofensivo. Si es un santo en un altar, ya no es un tipo molesto denunciando que el ejército está masacrando campesinos. Ahora es una estampita, y las estampitas no protestan.
El cierre de Guterres es la joya de la corona: promete "proporcionar a las víctimas recursos eficaces". Supongo que se refiere a esos informes de 400 páginas que terminan sirviendo para calzar mesas cojas en los juzgados que nunca abren los expedientes.
En fin, qué alivio saber que el "Derecho a la Verdad" está a salvo.
Ahora ya podemos seguir con nuestro día, ignorando las injusticias actuales, cómodos con la idea de que, si alguien nos mata por decir la verdad, al menos quizá terminemos protagonizando un párrafo inspirador en la agenda de alguien dentro de cuarenta años.
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