Catedral de Raymond Carver: una masterclass en cómo hacer que no pase absolutamente nada (y que te digan que es un genio)

Ah, Raymond Carver. El santo patrón del "menos es más", el hombre que miró al maximalismo a la cara y dijo: "No, gracias, prefiero la sequedad extrema". Y aquí estamos ante su obra maestra, su magnum opus, su... bueno, otro libro de cuentos sobre gente gris haciendo cosas grises en habitaciones de color beige. 

El libro se llama Catedral (Catedral, en su edición de Anagrama con esa portada de rascacielos que definitivamente no es una catedral), y si lo que buscas es una montaña rusa emocional, es mejor que te bajes en la primera parada y te vayas a ver una telenovela turca.

Si Catedral fuera un color, sería ese beige insulso que las inmobiliarias usan para pintar las paredes de los pisos de alquiler para que no ofendan a nadie. Es el equivalente literario a comer avena sin sal, pero servida en un plato de diseño minimalista que te hace sentir sofisticado mientras te mueres de aburrimiento.
Hablemos de los personajes. Carver tiene un rango limitado, lo que se agradece si te marea la diversidad de personalidades. Sus protagonistas son, invariablemente, tipos de clase trabajadora, a menudo alcohólicos (en activo o en pausa dramática), que están un poco tristes, un poco deprimidos y muy, muy cansados. Son como fotocopias borrosas de un personaje de Hemingway que se ha rendido. Si buscas un héroe con agencia, un plan de acción o una chispa de alegría de vivir, Carver es tu hombre... para decepcionarte estrepitosamente.

El estilo. Oh, el "minimalismo sucio". Carver es tan minimalista que hay que leer entre líneas para encontrar el final de la frase. Es como si le cobraran por palabra. Él no describe una habitación; te dice: "Estábamos en la habitación". Él no describe un amanecer; te dice: "El sol salió". Y los críticos literarios se vuelven locos con esto. "¡Qué contención! ¡Qué maestría en lo no dicho!". Yo lo llamo pereza de adjetivos. Es la "teoría del iceberg", pero Carver solo te muestra un cubito de hielo y te jura que debajo hay una masa de hielo colosal. Lo siento, Ray, pero a veces solo veo el cubito de hielo.

Tomemos el cuento titular, "Catedral". Se trata de un tipo celoso y de mente estrecha cuya esposa trae a casa a un viejo amigo que es ciego. El clímax es el tipo dibujando una catedral con el ciego. Y eso es todo. Eso es el momento de iluminación. Es el "Eureka" de la mediocridad. El tipo se da cuenta de que el ciego "ve" más que él. Wow. Una revelación que cualquier manual de autoayuda de saldo te habría dado en la primera página, pero Carver lo estira y lo estira para que parezca una epifanía existencial. Es como ver a alguien descubrir el agua tibia y aplaudirle por ello.

Pero lo más brillante de Catedral no es la escritura en sí, sino lo que hace con los lectores. Leer a Carver es una prueba de estatus intelectual. Tienes que leerlo, tiene que no gustarte mucho, y luego tienes que pasar horas en una cafetería explicando a otros por qué es el escritor más importante del siglo XX. Tienes que asentir y usar palabras como "lacónico", "elíptico" y "alienación" con mucha seriedad. Si dices que te pareció un tostón, te miran como si hubieras dicho que te gusta la piña en la pizza. No has entendido el subtexto. No has captado la desesperación silenciosa. No has visto la belleza en la banalidad.
Carver es el emperador de la ropa invisible de la literatura. Si no ves el traje increíble, es que eres un patán. Y así, todos seguimos asintiendo y diciendo: "¡Sí, qué traje! ¡Qué contención! ¡Qué manera de no usar adjetivos!". Y mientras tanto, Raymond Carver se ríe desde el más allá, sabiendo que nos ha vendido la nada, y nosotros le hemos dado las gracias por ello.

En resumen, Catedral es el libro perfecto para personas que encuentran los fuegos artificiales demasiado ruidosos, el azúcar demasiado dulce y la emoción demasiado emocional. Es una lectura esencial para cualquiera que quiera aprender a hacer que el simple hecho de beber un vaso de whisky parezca un acto de resistencia cósmica. O para cualquiera que simplemente quiera tener un libro en la estantería para que la gente piense: "Vaya, esta persona debe tener mucha desesperación existencial dentro de ella".

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