La moral no se decreta, se demuestra: un mensaje para el Sr. Netanyahu
Dice usted, Señor Netanyahu, que lidera el "ejército más moral del mundo". Qué alivio, de verdad. Menos mal. Porque si esto es la moral, no quiero ni imaginar cómo sería la inmoralidad; debe de ser algo muy parecido, pero sin la cortesía de las ruedas de prensa.
Resulta curioso que cuanto más repite la palabra "moral", más suena a eslogan publicitario barato. Es como esos productos que insisten tanto en ser "100% naturales" que uno termina sospechando que llevan de todo menos naturaleza.
Al final, si hay que explicar tanto una virtud, es porque no se ve por ninguna parte. La moral, cuando existe, no necesita altavoz.
Últimamente le ha dado por amenazar a España. Parece que le molesta que aquí haya gente que no se arrodilla ante su concepto de justicia.
Y claro, uno se queda preocupado:
¿Qué será lo siguiente?
¿Una reprimenda?
¿Un gesto severo?
¿Una advertencia solemne?
Cuando uno oye hablar de "amenazas", espera algo serio, no un berrinche diplomático envuelto en grandilocuencia. Su tono de autoridad universal es fascinante: usted se indigna si se le critica, se ofende si no se le aplaude. Parece que su manual de moral incluye una cláusula obligatoria: quien no esté de acuerdo, debe ser señalado.
¿Es esto seguridad o susceptibilidad? ¿Fortaleza o nervios? Los que realmente ostentan superioridad ética no necesitan recordárselo al mundo cada cinco minutos.
Usted habla como si el planeta entero tuviera que asumir su relato sin rechistar. Pero la realidad es tozuda: la gente ve, opina, protesta y critica. Eso no es un ataque personal ni una amenaza; eso es, simplemente, lo normal. Lo anormal es reaccionar como si cualquier discrepancia fuera un acto de guerra.
Amenazar a un país entero tiene su punto de absurdo. Como si la opinión pública funcionara a base de sustos o como si el respeto se consiguiera levantando la voz desde la distancia.
No, señor Netanyahu:
la moral está en cómo se actúa cuando nadie aplaude.
La moral está en aceptar la crítica sin responder con aspavientos.
La moral está en no confundir el poder con la razón.
Su discurso de superioridad suena ya a chiste involuntario. Un chiste largo, repetido y cada vez menos convincente. Quizá el problema es que el mundo ya ha dejado de comprar la etiqueta que usted intenta pegar en cada bombardeo y en cada rueda de prensa.
Puede seguir repitiendo su mantra: "El ejército más moral". Una vez más. Y otra. A ver si, a base de insistir, la palabra termina tapando la realidad. Pero lo cierto es que cada vez suena más a un eco vacío.
Desde aquí, un lugar que no se asusta con sermones ni con amenazas, distinguimos perfectamente entre la ética y la propaganda. Sabemos que la moral no se decreta ni se proclama, y mucho menos se defiende amenazando a quienes tienen la decencia de no callarse.
Al final del día, la moral se nota.
Y cuando hay que explicarla tanto, es porque algo falla.
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