La carretera que nadie pidió (pero todos construyen)
Hay poemas que hablan del amor, de la muerte, de la injusticia social… y luego está “La carretera” de Ernesto Cardenal, que habla de algo aún más trascendental: una obra pública que no sirve para nada.
O, como diría cualquier ayuntamiento en periodo electoral, “una inversión estratégica para dinamizar el territorio”.
Cardenal nos presenta a un pueblo entero excavando la selva para abrir una carretera hacia Chichén Itzá, a pesar de que —dato importante— no va a venir ni un turista. Ni uno. Cero. The big nada. Algo así como inaugurar un aeropuerto sin aviones, pero con más árboles y menos notas de prensa.
El poema, que parece sacado del diario de obra del ingeniero municipal más optimista de la historia, nos cuenta que los habitantes llaman a su ruta “La Carretera de la Luz”, quizá porque “Carretera Inútil Pero Qué Bonita Nos Está Quedando” ocupaba demasiados rótulos.
Y, por si faltara épica, desde las copas de los árboles pueden ver en el horizonte el Castillo de Chichén Itzá: un triángulo blanco que les dice “ánimo, todavía quedan muchos kilómetros”.
Es como motivación empresarial, pero versión maya-selvática.
Uno se imagina a los del pueblo subidos a las ceibas, señalando la pirámide lejana y diciendo:
—¡Mirá, ahí está!
—Sí, solo faltan unos… ¿cuántos kilómetros dijimos?
—Eh… muchos. Pero ya vamos.
El poema es una mezcla extraña de esperanza, absurdo y ese tipo de optimismo que solo se ve en gente que aún no ha firmado un contrato con Fomento. Y ahí está su encanto: la heroicidad de hacer algo sabiendo que no va a servir para nada, algo muy universal.
Cardenal, sin decirlo, nos recuerda que no todo en la vida necesita un retorno de inversión. A veces basta con la ilusión, la vista desde los árboles altos o, por qué no, la posibilidad de inventarse una excusa para no ir a trabajar:
—No puedo ir hoy, compadre, estoy abriendo la carretera de la luz.
—Ah sí sí, importantísimo.
Al final, la carretera es una metáfora: del esfuerzo humano, de la fe en lo improbable, o de esos proyectos comunitarios que solo funcionan porque nadie tuvo el valor de decir:
Y aun así, siguen dándole machete a la selva, metro a metro, porque ver una pirámide en el horizonte basta para justificar cualquier locura. La poesía tiene estas cosas: transforma un camino sin utilidad práctica en un símbolo de esperanza colectiva.
Aunque, francamente, yo sigo pensando que cuando terminen la carretera y vean que efectivamente no viene nadie, alguien dirá:
—Bueno, por lo menos quedó derechita.
Que, visto lo visto, ya sería un triunfo.
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