El heroico levantamiento de las caderas: un análisis sarcástico del poema “Y sobre la ciudad” de Luis García Montero

Hay poemas que invitan a la reflexión, otros que avivan la emoción… y luego está este poema de Luis García Montero, que básicamente te da un bofetón poético a las ocho de la mañana mientras intentas decidir si te da tiempo a tomarte un café o si, una vez más, llegarás tarde al trabajo para honrar “las fuerzas inmensas del desorden”.

Porque sí, amigas y amigos: las caderas gobiernan la ciudad. O al menos eso propone el poeta. Nada más empezar, Montero nos exige levantarnos —que ya es pedir— y encima “gobernar” nuestras caderas. Como si antes de las 10 cualquiera tuviera la menor intención de gobernar algo que no sea el botón de posponer del móvil.

Después de esta arenga inicial, el poema te invita a contarte a ti mismo que “has cambiado la escena”. Maravilloso. Como si sustituir los pantalones de ayer por los de antes de ayer fuera parte de un proceso espiritual profundo. Y luego aparece la “inocente sonrisa del espejo”, que solo puede describir a un espejo que no ha presenciado tus ojeras un martes cualquiera.
Pero ojo, que el poema te anima a preferir “la nueva brujería de los escaparates”. Nada dice “transformación personal” como mirar maniquíes que llevan ropa que jamás te podrás permitir. Pura alquimia urbana.

Montero continúa describiendo la ciudad con esa solemnidad tan suya: los puentes apagados, las esquinas plegadas, las calles que han visto tu soledad… casi da pena que no incluyera también las máquinas expendedoras que han presenciado tus fracasos nutricionales.
Todo ello aderezado con un toque de “camaradas callados para el amanecer” que, siendo sinceros, suenan sospechosamente a esos bares donde tú y tus amigos decís filosofías de madrugada que en realidad son ideas pésimas con tono épico.

Y llega el clímax espiritual: “Pierde por fin tu nombre y su mentira.” Hombre, Luis, tampoco nos vengamos arriba. Sí, cada uno tiene sus cosas, su historial de correos sin contestar y sus decisiones cuestionables, pero de ahí a perder el nombre… Ya solo falta que el poema te pida renunciar también al DNI y a la tarjeta sanitaria.

Pero no, lo que pide es aún mejor: que “reinen las fuerzas del desorden y tu morbosidad”. En otras palabras: que sobreviva ese tú que aparece a las tres de la mañana frente a la nevera, o ese tú que se emociona viendo salseos de barrio. Ese personaje, sí, el que ni tú mismo reconoces después. Ese.

En resumen, el poema es una invitación épica y un poco dramática a vivir intensamente en la ciudad… aunque para la mayoría de mortales, enfrentarse a Madrid a las siete de la mañana ya es heroicidad suficiente.
Montero propone derrotar espejos, caderas revolucionarias, desorden urbano y brujería comercial. Mientras tanto, nosotros lo único que queremos es llegar al metro sin que nos arrolle un patinete eléctrico.
Eso sí, gracias al poeta podemos sentirnos un poquito más importantes cuando salimos de casa: quizá no estemos cambiando la ciudad… pero al menos, según él, tenemos caderas poderosas. 

Y oye, eso anima.

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