El arte de fastidiar un milagro: ¿tiene usted licencia para caminar?
Vaya, qué oportuno. Hemos encontrado la guía definitiva sobre cómo arruinar un milagro con un exceso de burocracia espiritual. Aquí tienes una lectura "alternativa" del pasaje de Juan 5, con el sarcasmo que la situación merece.
El arte de fastidiar un milagro: ¿Tiene usted licencia para caminar?. Imaginen la escena: un hombre lleva 38 años (que se dice pronto, es casi media vida de hipoteca) tirado junto a una piscina esperando un golpe de suerte. No tiene familia, no tiene amigos que lo empujen al agua, y básicamente es el mueble más antiguo del pórtico de Betesda.
Llega Jesús, lo cura en un segundo y le dice que se lleve su camilla. Hasta aquí, todo bien, ¿verdad? Pues no. Porque siempre tiene que aparecer el "Comité de Vigilancia de lo Obvio".
La prioridad es lo primero: el reglamento. Lo más fascinante de este texto no es que un paralítico camine, ¡qué va! Eso es secundario. Lo realmente grave, lo que hace que a los expertos de la época se les suba la tensión, es que el buen hombre va cargando un mueble en sábado.
El milagro: un hombre que no sentía las piernas desde antes de que se inventara el concepto de "paciencia" ahora corre maratones.
La queja oficial: "Oiga, que hoy es sábado y el convenio colectivo de las alfombras prohíbe el transporte de bultos".
Es reconfortante saber que la humanidad, ya en el siglo I, tenía claros sus valores: es mucho más importante cumplir con el cronograma de descanso que celebrar que un vecino ya no necesita muletas.
El "Soplón" agradecido. Y luego está el protagonista. Tras 38 años de miseria, cuando por fin averigua quién es el responsable de su salud, ¿qué hace? ¿Le invita a una cena? ¿Le escribe una reseña de cinco estrellas? No. Se va directo a los que le estaban regañando para decirles: "Ha sido él, ha sido Jesús".
Gracias, amigo. Nada como una buena delación para agradecer un favor que te cambió la vida.
Lo es la reflexión final, "que nunca obviemos lo principal en aras de lo secundario". Es una forma muy elegante de decir: "Por favor, dejen de ser tan pesados con las normas y alégrense de que el tipo ya no está tirado en el suelo".
Parece que, 2000 años después, todavía necesitamos que nos expliquen que las personas importan más que los formularios.
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