Un mar, dos rones y un pirata interior: columna de opinión sobre 1966 de Luis García Montero
Hay poemas que uno lee como quien se bebe un vaso de agua: necesarios, claros, sin mayor misterio. Y luego está 1966, de Luis García Montero, que se bebe como un buen ron —o uno malo, pero abundante—: con ese punto cálido que sube lento, te nubla la vista y te deja reflexionando sobre quién demonios decidió que crecer era imprescindible.
Porque lo primero que declara el poema, sin ningún rubor, es que “es otro el mar”. Otro. Así, sin avisar. Parece que Montero ha encontrado la forma poética de resumir lo que muchos sentimos cuando volvemos de vacaciones y descubrimos que nuestra playa favorita ha sido sustituida, sospechosamente, por una combinación de urbanizaciones, chiringuitos temáticos y sombrillas patrocinadas. El poeta lo dice con lirismo; nosotros lo decimos con un suspiro y un “madre mía, cómo estaba aquello en los 90”.
Pero avancemos.
Montero, con su elegancia habitual, nos recuerda que existía una época en la que huir de la ciudad a finales de junio era casi un trámite administrativo, tan previsible como el atasco en la A-6. Y sí, se huía del “reloj y el tiempo”, lo cual demuestra que el poeta no había conocido aún las horas extras, las reuniones por Teams o el teletrabajo en vacaciones disfrazado de “conexión puntual”.
Después llega la parte verdaderamente épica: los piratas interiores. Ese corsario adolescente que todos llevamos escondido bajo la piel y que, según descubrimos con la edad, está condenado a servir como contable, gestor administrativo o responsable de proyectos estratégicos. Lo dramático no es que Montero lo diga; lo dramático es que tenga razón.
Porque a ver: ¿quién no se creyó un bucanero en su infancia? ¿quién no buscó “pólvora en la espuma” mientras en realidad removía el agua con un cubo de plástico comprado en un bazar? ¿quién no interpretó la “boca del diablo” en los rompeolas mientras su madre gritaba “¡sal de ahí ahora mismo, que te vas a matar!”?.
Y luego llega la adultez, esa palabra tan larga para algo tan poco emocionante. Entonces nos quedamos, dice el poeta, “con todo lo impreciso, el ancla, las amarras y la seguridad de algunos salvavidas”. En otras palabras: hipotecas, nóminas y el típico amigo que te dice “yo ya no bebo ron, que me sienta mal”.
Pero Montero, generoso, también nos concede una esperanza: una dosis de nostalgia bien administrada, de las que no necesitan receta. Quizá —solo quizá— aún nos quede por ahí un deseo secreto “con rumbo a la deriva”, ese tipo de deriva que sólo se permite los domingos a mediodía o en las sobremesas largas con música suave y las ventanas abiertas.
Y aquí viene lo mejor: el poema concluye con el sueño de amanecer radiantes en “las playas del trópico”, con el barco encallado irremediablemente. Una metáfora estupenda para describir cualquier fin de semana de puentes largos, Semana Santa o escapadas improvisadas: uno quiere mar, luz, felicidad... y termina encallado, sí, pero en un hotel con vistas al parking porque las habitaciones con vistas al mar se agotaron hace seis meses.
En resumen, 1966 es un poema que huele a salitre, a verano y a esa mezcla tristemente deliciosa de haber sido jóvenes imprudentes y adultos responsables. García Montero nos demuestra que crecer es inevitable, pero renunciar del todo al ron —o a las mareas, según gustos o estado del hígado— es una decisión estrictamente personal.
Y quizá, quién sabe, todavía quede en cada uno de nosotros un pequeño pirata esperando su turno para volver a equivocarse “más allá de la ruta”.
Porque, siendo sinceros: si vamos a encallar, que sea en una playa bonita. Y con un buen ron.
A poder ser, sin hielo.
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