Si vienen a por nosotros/as....el admirable arte de ser una estatua de jardín
¡Enhorabuena, ciudadanos!.
Hemos alcanzado un nivel de iluminación zen que ya quisiera para sí cualquier monje tibetano. Mientras el mundo exterior se desmorona y los ceros de nuestras facturas se reproducen por esporas, nosotros hemos perfeccionado la disciplina más difícil de todas: la inmovilidad absoluta.
Es fascinante observar nuestra capacidad de adaptación. Somos, básicamente, los camaleones del conformismo.
Si mañana nos anunciaran que el oxígeno pasa a ser un servicio de suscripción mensual con recargo por exhalación, probablemente nos limitaríamos a respirar más bajito para que no nos cobren el "plan premium".
Hagamos un breve repaso por nuestra brillante trayectoria de "no intervención":
La jubilación: Nos dijeron que trabajaremos hasta que el cuerpo sea poco más que un recuerdo, y que quizá nos jubilemos cinco minutos antes de la extinción del sol.
¿Nuestra respuesta? Comprar una silla de oficina más ergonómica. Hay que cuidar la espalda mientras esperamos el colapso.
El aceite de oliva: Ese líquido que antes servía para freír patatas y ahora parece que se cotiza en la bolsa de diamantes de Amberes. ¿Hicimos algo? Claro: aprender a cocinar al vapor y convencernos de que el sabor a "nada" es, en realidad, minimalismo gastronómico.
Los huevos: Pasaron de ser el recurso del estudiante pobre a ser un artículo de lujo que requiere escolta armada. Nosotros, con una elegancia estoica, simplemente los miramos en el estante como quien mira un Picasso en el Prado: con respeto y sabiendo que no es para nosotros.
La gasolina: Llenar el depósito hoy en día genera el mismo estrés que desactivar una bomba en una película de acción. Pero ahí estamos, mirando el surtidor con cara de quien está donando sangre, pagando la factura y dando las gracias por el ticket.
¿El problema somos nosotros?. ¡Qué ocurrencia!.
Hay quien dice —gente malpensada, seguramente— que a lo mejor el problema es nuestra pasividad. Que tal vez, y solo tal vez, si dejáramos de ser espectadores VIP de nuestra propia ruina, las cosas podrían cambiar.
Pero, por favor, seamos realistas. Protestar cansa mucho. Requiere salir a la calle, ponerse de acuerdo con el vecino (ese que pone la música alta) y, lo peor de todo, dejar de mirar memes sobre lo cara que está la vida. Es mucho más cómodo cultivar este masoquismo silencioso y esperar a que el próximo hachazo económico nos pille confesados.
"No es que no hagamos nada, es que estamos practicando el ahorro energético extremo: no movemos ni un dedo para no gastar calorías que no podemos permitirnos reponer".
El futuro nos espera (sentados)
Al final, tenemos lo que permitimos. Somos expertos en el arte del suspiro largo y el "es lo que hay". Así que, la próxima vez que te suban el alquiler, la luz o el precio de la existencia misma, no te preocupes. Mantén la calma, ajusta el cinturón un agujero más y recuerda: el silencio es oro. Lástima que el oro también haya subido de precio y ya no nos pertenezca.
Tal vez, algún día, decidamos que ya hemos estirado bastante el chicle. Pero mientras tanto, sigamos así: quietos, mudos y ejemplares.
No vaya a ser que alguien se dé cuenta de que seguimos aquí.
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