Rosendo y la poética del asfalto: el laberinto de "Dando vueltas a un farol"
Hay canciones que no se escuchan, se respiran. En el cancionero de Rosendo Mercado, ese cronista incansable de la periferia y el instinto, "Dando vueltas a un farol" ocupa un lugar privilegiado.
No es solo un tema de rock; es una radiografía emocional sobre la desorientación, la persistencia y esa curiosa manía humana de tropezar con la misma piedra bajo una luz que no termina de iluminar nada.
La letra nos sitúa de inmediato en un estado de estancamiento circular. El farol no es una guía, es una trampa. Como falenas hipnotizadas por el tungsteno, Rosendo nos describe atrapados en rutinas o pensamientos que nos queman pero nos atraen.
"Dando vueltas a un farol, por si se apaga el sol..."
En este verso reside la esencia de la inseguridad existencial. Es el miedo al vacío lo que nos hace orbitar alrededor de lo conocido, aunque sea una luz artificial, fría y limitada.
Rosendo, con su característica honestidad "carabanchelera", no juzga esa actitud; la expone como una condición humana inevitable.
Lo que hace grande a esta canción es su economía de palabras. Rosendo huye de la metáfora barroca para abrazar el lenguaje directo:
La desidia: esa sensación de dejar pasar el tiempo esperando un cambio que no llega.
El destino: la aceptación de que, a veces, el camino no va a ninguna parte, y aun así, hay que seguir caminando.
Musicalmente, el riff machacón refuerza esa idea de bucle. La guitarra no despega hacia un solo heróico, sino que se enreda en sí misma, imitando el giro constante alrededor de ese farol imaginario.
A menudo se interpreta a Rosendo como el estandarte del "maneras de vivir", pero en "Dando vueltas a un farol" hay un matiz más oscuro y reflexivo. Es el rock de la madurez, de quien sabe que la luz de la calle no es el amanecer, pero es lo único que tiene para no quedarse a oscuras.
Es, en última instancia, un canto a la persistencia. Porque aunque dar vueltas parezca inútil, el mero hecho de moverse —incluso en círculos— es lo que nos mantiene vivos frente a la parálisis total.
Rosendo no necesita artificios para decirnos que estamos perdidos; le basta con un farol y tres acordes para que nos reconozcamos en su sombra.
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