Matemáticas para el apocalipsis: cómo arruinarse con estilo (y misiles de oro)


Parece que en el Pentágono han olvidado las tablas de multiplicar, o quizás es que el Departamento de Defensa tiene una de esas tarjetas de crédito "Infinity" pagadas por el contribuyente que no conoce el concepto de "saldo insuficiente". 

Pongámonos frente a un espejo bastante ridículo: la mayor superpotencia del mundo está intentando matar moscas a cañonazos de diamante, y las moscas, para colmo, se están reproduciendo en el garaje de un vecino con presupuesto de una tarde de domingo.

Es una estampa preciosa, casi poética. De un lado tenemos los flamantes misiles Patriot, esa cumbre de la ingeniería occidental que cuesta unos humildes 4 millones de dólares la unidad. Del otro, un dron Shahed-136, un cacharro que parece montado con piezas de una cortadora de césped y un tutorial de YouTube, con un coste de 20.000 dólares.

El protocolo militar estadounidense, siempre tan precavido —y generoso con el dinero ajeno—, exige lanzar dos o tres misiles para asegurar que el dron no llegue a su destino.

Hagamos la cuenta para los de letras: 12 millones de dólares para destruir un ventilador con alas de 20 lucas. Es como intentar ganar una partida de póker apostando lingotes de oro contra alguien que juega con chapas de cerveza; eventualmente, te quedarás sin oro, y el otro seguirá teniendo chapas.  

Lo más fascinante de esta "nueva aritmética" no es solo la asimetría económica, sino el optimismo antropológico de Washington.

Siguen pensando que bombardear los "grifos" (las fábricas) es la solución, como si la tecnología actual necesitara una acería de la Revolución Industrial para funcionar. Hoy en día, fabricar drones es el nuevo hobby nacional en ciertas latitudes, y mientras EE. UU. gasta meses y fortunas en fabricar un misil sofisticado, sus adversarios están imprimiendo drones en 3D mientras se toman un té. Es el triunfo de lo desechable sobre lo eterno, del "low-cost" bélico frente al "haute couture" del complejo militar-industrial.

Y aquí llega la conclusión más incómoda para los amantes de las barras y estrellas: no hay "Plan B" de botas sobre el terreno porque, básicamente, esas botas serían blanco de los mismos drones baratos que ya no pueden pagar para interceptar. La guerra se ha convertido en una prueba de resistencia económica donde el que más tiene es, curiosamente, el que más rápido se desangra.  

¿La solución? Dicen que es la diplomacia. ¡Qué concepto tan vintage! Imaginen la cara de los lobistas de Lockheed Martin cuando escuchen que, en lugar de fabricar mil misiles más, alguien sugiere sentarse a hablar porque las cuentas no salen. Es casi ofensivo.  

Al final, resulta que el imperio no va a caer por una invasión bárbara ni por una rebelión interna galáctica, sino por un simple error de cálculo en la hoja de Excel. 

Resulta que ganar todas las batallas tácticas mientras te declaras en bancarrota estratégica no es "arte de la guerra", es simplemente una pésima gestión de inventario. 

Pero oye, que no decaiga el ánimo: mientras quede un dólar por imprimir, siempre habrá un misil de 4 millones listo para interceptar una cafetera voladora. ¡Eso es eficiencia!

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