El feminismo pepero y su nueva moda cultural: censurar primero, pensar después.

Hay quien va al teatro a emocionarse, a reír, a reflexionar… y luego está la gente que va a apagar funciones en directo, como quien apaga una lámpara porque hace reflejo en la tele. 

La cultura es así: unos la crean, otros la disfrutan, y siempre aparece alguien que decide que aquello no le sienta bien al estómago y mejor lo retira en caliente, no sea que el público madure ideas peligrosas como… pensar.

La escena es maravillosa: un monólogo feminista en pleno 8M, un teatro lleno, el público atento… y de pronto, ¡tachán! ¡Plot twist! Se sube al escenario la guardiana del decoro, la paladina del “hasta aquí hemos llegado”, y anuncia muy solemne que la función se suspende por “falta de respeto”. No se aclara si el problema era el texto, el volumen o la existencia del siglo XXI, pero ahí está la declaración, cual acto heroico de contención cultural.

El público, ingrato como siempre, no entiende semejante gesto de salvación. Protesta, grita, exige que la obra siga. Qué poco valoramos que alguien nos proteja de discursos excesivamente… artísticos.

Y entonces ocurre algo increíble: La gente deja claro que la libertad de expresión no es un menú del día que uno puede cambiar sobre la marcha según le apetezca el postre.

Pero el momento más sublime llega después, cuando todo se arregla con un comunicado que empieza por “mi reacción no fue la adecuada”. Una frase tan versátil que sirve para apagar un monólogo, para perder las llaves o para confundir suavizante con detergente. Pura poesía administrativa.

Acto seguido llega la catequesis de siempre: “Yo creo muchísimo en la libertad, pero…”.  
Ese pero que en política significa lo mismo que cuando alguien empieza una frase con “no quiero ofenderte, pero…”.

La libertad sí, claro, pero de esa marca concreta, con aroma a pino, apta solo para ambientes regulados y que no moleste demasiado. La libertad de cartón piedra, que decora mucho pero pesa poco.

Mientras tanto, se habla de valores, de dignidad, de proteger sensibilidades —no las del público, que estaba encantado, sino alguna otra que había que rescatar urgentemente del peligro que suponía una actriz diciendo cosas—. Y la cultura, como siempre, intentando sobrevivir entre discursos que la aman en los papeles y la frenan en los escenarios.

Porque lo de siempre vuelve a pasar: La censura jamás se llama censura a sí misma. Ella prefiere nombres más modernos: – “gestión cultural responsable” – “respeto institucional” – “evitar incomodidades innecesarias” – “el monólogo no vibra con mis energías”

Lástima que el público —esa gente molesta que paga entradas— no esté tan puesto en eufemismos y simplemente vea lo evidente: que si una obra molesta un poco, probablemente está funcionando.

Lo divertido es que, al final, la función continuó. 

La cultura ganó. 

La censura improvisada duró lo mismo que un anuncio de YouTube. 

Y ahí está lo hermoso: por más que algunos intenten apagar luces, siempre habrá alguien en la sala diciendo “perdona, pero yo he venido a ver el espectáculo”.

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