La chica zombie o "Si no se te cae un brazo en el pasillo, no eres nadie: mi vida como cadáver social"

1. El manual definitivo para ser "diferente"...
Si pensabas que ser la chica nueva en el instituto era difícil, intenta ser la chica nueva que, además, está técnicamente muerta. Laura Fernández nos regala esta premisa tan fresca como un cadáver en agosto. Porque claro, nada grita "metáfora sobre la alienación adolescente" como un brazo verde asomando por una taquilla azul chillón.
¿Es un libro sobre zombies? Sí.
¿Es un libro sobre lo difícil que es encajar? También.
¿Es una excusa para que todos nos sintamos identificados con un ser que no tiene pulso? Absolutamente.

2. Estética "Instagram-Punk".
Hablemos de la portada. Ese rosa fucsia me ha dejado las retinas temblando, pero entiendo el concepto: es el color de la felicidad que la protagonista claramente no siente. Tenemos pegatinas de cerebros, elefantes con alas y tumbas. Es como si el diario de una adolescente de 2005 y una película de serie B hubieran tenido un hijo y lo hubieran abandonado en una librería de saldo.
"Si tu taquilla no tiene un brazo incorrupto saliendo de ella, ¿realmente estás viviendo la experiencia de secundaria?" — Probablemente nadie, nunca.

3. El drama de la no-muerte.
Lo mejor de estos libros es que el fin del mundo siempre es secundario al hecho de que el chico que te gusta no te ha mirado en el pasillo. No importa si se te cae una oreja en clase de gimnasia; el verdadero horror es que la campana (esa que brilla sospechosamente en la esquina superior derecha) suene antes de que logres ocultar tu condición de no-muerta.

Si te gusta el humor absurdo, las frases que ocupan media página y sentir que el mundo es un lugar extraño donde los vivos están más muertos que los muertos, este es tu libro. Laura Fernández escribe como si hubiera desayunado tres cafés y una enciclopedia de cultura pop, lo cual es de agradecer en un mar de novelas que se toman demasiado en serio a sí mismas.

Ideal para:
Personas que se sienten un poco "zombies" antes de su tercer café.
Adolescentes que creen que su instituto es el infierno (aquí literalmente podría serlo).
Coleccionistas de portadas que brillan en la oscuridad (o casi).

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