José María y el turbante: una historia de amor (y amnesia)


Ah, la memoria política. 

Ese organismo unicelular que muta más rápido que el COVID y que tiene la asombrosa capacidad de borrarse por completo en cuanto uno cruza el umbral de la Fundación FAES. 

Hoy nos toca hablar de José María Aznar, nuestro eterno "míster" de la geopolítica de salón, quien últimamente se rasga las vestiduras con una furia casi bíblica contra el régimen de Teherán.

Es fascinante ver cómo el mismo hombre que hoy ve en Irán el epicentro del Mal Absoluto, hace no tanto tiempo, exhibía una dentadura impecable mientras compartía confidencias y sonrisas con los líderes de la teocracia persa.

Retrocedamos a 1999. Mientras el resto de los mortales nos preocupábamos por el efecto 2000, Josemari estaba ocupado en Teherán. No fue una visita de cortesía rápida; fue un despliegue de "atlántico-persismo" de vanguardia.

Allí lo vimos, relajado, casi radiante, junto al entonces presidente Mohammad Khatami. Porque claro, en aquel entonces, el diálogo con los ayatolás no era "financiar el terrorismo", era "abrir mercados" y "fomentar el diálogo entre civilizaciones" (antes de que Zapatero le robara el copyright de la frase y la convirtiera en algo proscrito para la derecha española).

El Aznar de ayer: sonreía ante el turbante, buscaba contratos petroleros y hablaba de Irán como un actor clave en la región.
El Aznar de hoy: se pone el traje de sheriff de Texas (con un acento que ni el propio Bush se atrevería a imitar) y clama por la mano dura contra esos mismos "amigos" del pasado.

Lo más tierno de todo es la superioridad moral. Aznar nos da lecciones de ética internacional con la misma facilidad con la que uno pide un cortado. Es como si aquel viaje a Irán nunca hubiera existido, como si las fotos fueran un montaje de inteligencia artificial creado por "el eje del mal" para desprestigiar su impecable historial de coherencia.

Denuncia la falta de libertades en Irán —una causa noble, sin duda—, pero parece olvidar que esas libertades estaban exactamente igual de ausentes cuando él estrechaba manos en el Palacio de Sadabad. ¿Qué ha cambiado?.

Quizás solo que ahora no hay barriles de petróleo que justifiquen la foto, o que el guion que le mandan desde ciertos think tanks de Washington ha cambiado de temporada.
"La política exterior de Aznar es como un menú del día: depende de quién pague la cuenta, el plato principal es el diálogo o la invasión."

Es admirable, de verdad. 

Hay que tener un cuajo de acero para mirar a cámara y denunciar la hipocresía ajena mientras guardas en el cajón el álbum de fotos de tus vacaciones diplomáticas en Teherán. Aznar no solo cambió de opinión; ha decidido que nosotros somos demasiado tontos para recordar que él también fue, por unos días, el mejor amigo de los ayatolás.

Al final, lo de Aznar con Irán no es una cuestión de principios, sino de atrezo. Antes el turbante le parecía un accesorio exótico para una buena foto de negocios; ahora es el símbolo del apocalipsis. 

Todo depende de cómo sople el viento en el rancho de Crawford.

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