El misil que nunca voló: anatomía de un relato de supervivencia

La política, a menudo, no trata de lo que ocurre, sino de lo que logramos convencer a los demás de que ha ocurrido. En la historia reciente de España, pocos episodios ilustran mejor esta máxima que el presunto intento de magnicidio contra José María Aznar mediante el lanzamiento de misiles contra el avión presidencial en 2001. 

Un suceso que, analizado con la frialdad que da el tiempo, parece más un ejercicio de funambulismo propagandístico que una amenaza real inminente.

En aquel momento, el Gobierno de Aznar atravesaba un periodo de máxima tensión antiterrorista. La narrativa oficial nos vendió una escena digna de un thriller de Hollywood: comandos de ETA apostados en las inmediaciones de aeropuertos vascos con lanzamisiles listos para derribar el Falcon 900.

Sin embargo, cuando rascamos la superficie de la "amenaza", la estructura se tambalea...

El material defectuoso: los famosos misiles "Sam-7" incautados años después en Francia no solo eran obsoletos, sino que se encontraban en un estado de conservación lamentable. Eran, a efectos prácticos, chatarra tecnológica incapaz de fijar un objetivo con éxito.

La logística imposible: nunca se llegó a producir un intento de disparo real. Lo que hubo fueron movimientos detectados, intenciones teóricas y un armamento que nunca llegó a estar en posición de fuego efectiva.

¿Por qué elevar un plan fallido —o directamente inviable— a la categoría de "intento de asesinato"? La respuesta reside en la rentabilidad política del miedo. 

Al convertir un "quiero y no puedo" de la banda terrorista en una amenaza mortal evitada por los pelos, el Ejecutivo de entonces logró varios objetivos estratégicos:
Blindaje de la figura del líder: un presidente bajo la mira de un misil es un presidente incuestionable, rodeado de un aura de sacrificio.

Legitimación de políticas de excepción: la narrativa del "misil" justificaba cualquier endurecimiento de la línea dura, silenciando las críticas internas sobre la gestión del conflicto vasco.

Desviación de la atención: en política, no hay mejor cortina de humo que un enemigo exterior con capacidad de fuego antiaéreo.

El problema de manipular el relato para que parezca lo que no fue es que se degrada la calidad democrática. 

Cuando se confunde la propaganda con la seguridad nacional, el ciudadano pierde la capacidad de distinguir el peligro real del simulacro electoralista.

Aquel episodio no fue el primer —ni el último— caso en el que se intentó escribir la historia antes de que los hechos la confirmaran. Pero sirve como recordatorio de que, en la era de la posverdad avant la lettre, un misil que no funciona puede ser un arma política mucho más potente que uno que sí lo hace.

La manipulación de la percepción pública es una herramienta poderosa. 

A veces, la sombra de una amenaza es más útil para el poder que la resolución de la amenaza misma.

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