El espectro que aún recorre el mundo: A 143 años de la partida de Marx
Un día como hoy, el 14 de marzo de 1883, el silencio cayó sobre una modesta vivienda en Londres. A los 64 años, fallecía Karl Marx, el hombre que no solo analizó el mundo, sino que se propuso transformarlo desde sus cimientos.
Su muerte no fue el final, sino el inicio de una mitología política que, para bien o para mal, definió el siglo XX y continúa provocando sismos en el XXI.
Como bien señaló su eterno cómplice, Friedrich Engels, Marx fue probablemente el hombre más odiado y calumniado de su tiempo. Pero ese odio no era gratuito; era el tributo que la estructura de poder de la época pagaba a quien se atrevió a desnudar sus mecanismos de explotación.
La genialidad de Marx (y Engels) radicó en identificar que la historia no es un desfile caótico de reyes, guerras y fechas aisladas. En su núcleo, la historia es el registro de una tensión constante.
«La historia de toda sociedad hasta ahora existente es la historia de la lucha de clases».
Esta frase, tan citada como a menudo malinterpretada, plantea que el conflicto entre el opresor y el oprimido no es un fallo del sistema, sino su fuerza motriz. Desde el patricio y el plebeyo hasta el señor feudal y el siervo, la humanidad ha avanzado a través de la fricción entre quienes poseen los medios de producción y quienes solo poseen su fuerza de trabajo.
Marx observó que el capitalismo no eliminó la opresión, sino que la hizo más eficiente y, sobre todo, más binaria. La compleja red de jerarquías feudales se simplificó en dos grandes campos hostiles: la burguesía y el proletariado.
Hoy, en un mundo de algoritmos, teletrabajo y economías de plataformas, muchos intentan declarar obsoleta esta división.
Sin embargo, la esencia permanece: la brecha entre quienes viven del capital y quienes deben vender su tiempo para subsistir no solo persiste, sino que se ensancha.
La "reconstitución revolucionaria" que Marx preveía sigue siendo el gran interrogante de nuestra era.
Marx murió sin ver su obra terminada, pero con la certeza de que sus ideas ya habían cruzado océanos. Londres fue su último refugio tras ser expulsado de una Europa que le temía a su pluma más que a los fusiles.
Recordar a Marx hoy no es necesariamente un ejercicio de nostalgia ideológica. Es, más bien, reconocer que mientras exista la desigualdad sistémica, su análisis sobre la plusvalía, la alineación y la lucha de clases conservará una validez incómoda.
Engels tenía razón: Marx vivió para ver sus puntos de vista abrazados por millones, y murió dejando una brújula para aquellos que aún sienten que el mundo, tal como está construido, es una tarea pendiente.
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