Chile, 2026: el gran salto atrás (y otras formas de viajar en el tiempo)

Parece que en Chile han decidido que el siglo XXI estaba sobrevalorado. ¿Para qué avanzar hacia el futuro cuando puedes contratar un servicio de catering ideológico que te sirve lo mejor de 1973 con un barniz de modernidad algorítmica? 

José Antonio Kast ha tomado posesión y, honestamente, hay que reconocerle el mérito: ha logrado que el concepto de "retroceder" parezca una "innovación disruptiva".

El plan económico de Kast es de una sencillez que asusta, principalmente porque parece redactado en una servilleta durante una cena con los fantasmas de los Chicago Boys. Su receta es un clásico: menos Estado, menos gasto y mucha, mucha fe en que la desregulación nos salvará. Es una lógica impecable: si quitas todas las reglas, ya nada es ilegal.

La idea es estimular la inversión privada, probablemente esperando que, al dejar a las personas empleadas sin defensas, los grandes capitales se sientan tan cómodos que decidan quedarse por pura hospitalidad. 

La Unión General de Trabajadoras y Trabajadores (UGT) y la CUT ya están expresando su "preocupación". ¡Qué exagerados! ¿Quién necesita negociación colectiva cuando tienes la libertad de aceptar cualquier condición miserable o, simplemente, la libertad de no comer?

Pero no todo es economía de machete. En el ámbito de la seguridad, Kast ha mirado hacia El Salvador y ha tenido un flechazo. Ha decidido que el modelo de Nayib Bukele es el nuevo "estándar de oro". 

Total, ¿qué son unos cuantos Derechos Humanos cuando puedes tener una foto de perfil con gorra y aspecto de tipo duro?

Es fascinante ver cómo la "libertad" —esa palabra que tanto usan— se traduce rápidamente en mano dura. Al parecer, la libertad es un concepto muy elástico: eres libre de invertir, pero no tan libre de cuestionar si el Estado de derecho se está convirtiendo en un estado de sitio.

Lo más entrañable del nuevo presidente es su memoria selectiva. Mientras medio mundo intenta que la historia no se repita, Kast la abraza como si fuera una manta de lana en invierno. 

Sus guiños a la época de Pinochet no son solo "desafortunados", son una declaración de principios. Es como si Chile hubiera decidido que la democracia era una fase rebelde y que ahora toca volver a casa del abuelo autoritario, ese que tenía los sótanos un poco oscuros pero mantenía el jardín "ordenado".

Kast no está solo, por supuesto. Se une a la selecta comunidad de vecinos de Argentina y Estados Unidos en este chat grupal de gobiernos que creen que el progreso es una enfermedad que se cura con dosis masivas de neoconservadurismo.

Mientras la UGT reafirma su compromiso con el trabajo decente y la democracia, el nuevo ejecutivo parece estar más ocupado en ver cómo desmantelar lo que queda del tejido social sin que se note demasiado el ruido de las tijeras.

En definitiva, Chile se prepara para un experimento interesante: ¿cuánto puede tensarse la cuerda social antes de que el "orden" se convierta en caos? 

Por ahora, solo nos queda observar este viaje al pasado y esperar que, al menos, el billete de vuelta no sea demasiado caro.

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