¡Benditos seamos los domingos!: El maravilloso encanto de vivir en una película de terror de serie B
Qué manía tienen algunos con la libertad, la ciencia y el progreso.
Con lo cómodo que es dejar que un señor con barba, un libro del siglo V y un preocupante complejo de superioridad moral nos diga exactamente qué comer, a quién amar y cómo vestirnos.
No hay nada más emocionante para terminar la semana que un buen domingo de pánico metafísico y fundamentalismo desatado.
Es fascinante observar esta "película de terror" (Los domingos), en la que nos hemos convertido.
¿Para qué queremos el pensamiento crítico si tenemos el dogma?
El dogma es fantástico: te ahorra el cansancio de pensar. Si algo sale mal, es un castigo divino; si sale bien, es una prueba de que eres el favorito del Altísimo.
Es un sistema de gestión empresarial perfecto, con la ventaja de que el CEO nunca da la cara en las juntas de accionistas y el departamento de Recursos Humanos te amenaza con fuego eterno si te quejas del horario.
Resulta enternecedor ver cómo el fundamentalismo religioso se esfuerza por mantenernos en una constante tensión cinematográfica. El guion es siempre el mismo, pero no por eso menos entretenido: "El mundo se acaba", "La pureza está en peligro" y, mi giro argumental favorito, "Olvida tus derechos humanos, que yo tengo unos derechos divinos mucho más exclusivos".
Es como ver una película de Viernes 13, pero en lugar de un asesino con máscara de hockey, tenemos a señores muy serios que consideran que la mayor amenaza para la civilización occidental es una falda demasiado corta o un libro de biología.
Además, hay que agradecerles la estética. ¿Qué sería de nuestras aburridas democracias liberales sin ese toque de épica medieval? Esa nostalgia por la hoguera, ese deseo ferviente de que las leyes de un Estado moderno se parezcan lo máximo posible a las instrucciones de un pastor de cabras de hace dos milenios. Es el "vintage" llevado al extremo legislativo. Un revival que, curiosamente, siempre acaba recortando los derechos de las mismas: las mujeres. Pero claro, en el guion de esta película, ellas siempre son las que tropiezan mientras huyen del monstruo. Qué casualidad.
El fundamentalismo se alimenta del miedo. ¡Pues claro! El miedo es el mejor combustible. Es mucho más barato que la educación y mucho más eficiente que la justicia social.
¿Para qué invertir en hospitales o escuelas si puedes convencer a la gente de que su precariedad es una "prueba de fe"? Es una jugada maestra de marketing.
Así que, por favor, dejen de criticar estas producciones de bajo presupuesto. Si el mundo decide retroceder unos cuantos siglos y convertir el espacio público en un confesionario gigante, no nos quejemos.
Saquemos las palomitas, ajustémonos el cilicio y disfrutemos de la función.
Total, en las películas de terror, el que intenta avisar de que el monstruo es real suele ser el primero en morir, ¿no?.
¡Larga vida al medievo!
O al menos, que nos pille confesados.
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