Un bloque histórico contra el miedo: la izquierda ante el espejo de la realidad
La política española vive un momento de vértigo, de esos en los que el retrovisor muestra un abismo y el parabrisas una tormenta perfecta.
El reciente encuentro entre Gabriel Rufián y Emilio Delgado en la sala Galileo Galilei de Madrid no fue solo un acto político más; fue un grito de auxilio pragmático, una llamada a la supervivencia de lo que ellos denominan el "bloque histórico".
La tesis es tan sencilla como aterradora: la derecha y la ultraderecha no solo están ganando en las encuestas, están ganando la batalla cultural. Rufián, con su habitual crudeza, advierte de la llegada de "imitadores baratos de Milei y Trump", una ola reaccionaria que amenaza con arrasar con los consensos básicos de la democracia.
Ante esto, la propuesta de Delgado y Rufián es clara: menos tuits y más método; menos sopa de siglas y más estrategia territorial.
Lo más disruptivo de su planteamiento es el reconocimiento de los propios errores. Emilio Delgado pone el dedo en la llaga al señalar que la izquierda ha abandonado banderas como la seguridad o la libertad, permitiendo que Vox y el PP se las apropien. No se trata de imitar a la derecha, sino de entender que un trabajador de barrio también quiere seguridad y que la libertad no es solo un eslogan de terraza, sino la capacidad real de decidir sobre tu vida sin que el mercado te asfixie.
El concepto de "ganar provincia a provincia" suena a realismo político puro. En un sistema electoral que penaliza la fragmentación, la propuesta de generar candidaturas únicas allí donde una fuerza sea hegemónica (sea ERC en Cataluña, EH Bildu en Euskadi o Compromís en Valencia) es un ejercicio de generosidad —o de desesperación— inédito. Es admitir que, si la izquierda sigue "pisándose la manguera" por cuotas de partido, el resultado será un gobierno de Abascal y Feijóo.
Sin embargo, el reto no es solo organizativo. El verdadero desafío es conectar con esa juventud que, como apunta Delgado, se está deslizando hacia la derecha por pura desafección.
La izquierda debe dejar de culpabilizar a la gente por sus decisiones individuales y empezar a ofrecer soluciones a la asfixia de los servicios públicos.
En definitiva, lo que Rufián y Delgado proponen es una "tregua de siglas" para salvar el país.
Un bloque histórico que no nazca de la nostalgia, sino de la necesidad urgente de frenar lo que viene.
La pregunta es si las direcciones de los partidos, a menudo más preocupadas por su propia supervivencia que por la del bloque, estarán a la altura de esta llamada al orden, el método y la eficiencia.
Porque, como bien dicen, lo demás son solo tuits.
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