Psiques desatadas para un capitalismo desbocado: el delirio como estructura
Cuando observamos el comportamiento de las élites financieras y los grandes capitanes de industria, solemos oscilar entre dos explicaciones reduccionistas.
Por un lado, el determinismo económico: "el sistema les obliga a actuar así para sobrevivir a la competencia".
Por otro, la patologización individual: "este CEO es simplemente un psicópata". Sin embargo, el filósofo Frédéric Lordon y la escritora Sandra Lucbert nos proponen una vía mucho más inquietante y profunda: existe una perfecta sintonía entre las estructuras desenfrenadas del capital y las estructuras psíquicas de quienes lo dirigen.
No es que el capitalismo esté "loco" de forma metafórica; es que ha generado un marco donde el delirio es la norma operativa.
Sandra Lucbert ha diseccionado magistralmente cómo el lenguaje del capitalismo tardío actúa como un agente desquiciante. Para los "dominantes", términos como ajuste de plantilla, optimización de activos o creación de valor no son eufemismos; son las piezas de una arquitectura lingüística que les permite desconectarse de las consecuencias materiales de sus actos.
La desmaterialización: el sufrimiento humano desaparece tras una hoja de cálculo.
La tautología del beneficio: si genera dinero, es racional. Si es racional, es moral.
En este ecosistema, la psique del dominante no necesita ser malvada en el sentido clásico; solo necesita estar completamente colonizada por el imperativo del rendimiento.
Frédéric Lordon, desde su relectura de Spinoza, nos explica que el capitalismo no solo captura la fuerza de trabajo, sino el conatus (el deseo de existir) de los individuos. En las altas esferas, este deseo se convierte en un "Deseo Amo" que no conoce límites.
"El capital es una fuerza que tiende al infinito en un mundo finito; por definición, es una estructura de desmesura (hubris)."
Cuando una estructura económica exige un crecimiento perpetuo, solo pueden prosperar aquellas psiques capaces de albergar un deseo igualmente desatado y sin fin. Se produce así una retroalimentación: el sistema selecciona a los perfiles más obsesivos, y estos, a su vez, radicalizan las exigencias del sistema.
El gran desequilibrio que mencionamos no es una anomalía, es el resultado de la abolición del otro. Para la psique del capitalismo desbocado, el mundo exterior (la naturaleza, los trabajadores, el tejido social) no es más que un recurso a procesar.
Esta "locura" no es un fallo del sistema, sino su motor. Un dirigente que fuera "cuerdo" —en el sentido de sentir empatía por el ecosistema o por la precariedad de sus empleados— sería un dirigente ineficiente según la lógica del capital. La salud mental del sistema requiere, paradójicamente, una forma de enajenación psíquica en sus líderes.
Entender que el problema es una articulación entre lo social y lo psíquico nos obliga a dejar de esperar "líderes más humanos". No se trata de cambiar a los individuos, sino de desmantelar las estructuras que premian y alimentan el delirio de grandeza.
Mientras el capital siga desbocado, las psiques que lo cabalguen seguirán estando, por necesidad, desatadas.
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