La Transición Manchada: el eco de un disparo
La Transición española se nos ha vendido a menudo como un óleo perfecto de consenso y apretones de manos. Sin embargo, la realidad de aquel 1 de febrero de 1980 tiene un color mucho más oscuro: el de la sangre de Yolanda González Martín, una joven de 19 años cuyo único "pecado" fue soñar con un mundo más justo desde su militancia en el Partido Socialista de los Trabajadores (PST).
El asesinato de Yolanda no fue un error, fue un síntoma. Emilio Hellín Moro e Ignacio Abad Velázquez, militantes de la extrema derecha vinculados a Fuerza Nueva, no solo apretaron el gatillo en un descampado de San Martín de Valdeiglesias; ejecutaron una estrategia de terror amparada por las cloacas del Estado.
Resulta especialmente doloroso recordar cómo el Batallón Vasco Español intentó justificar el crimen presentándolo como una "represalia" contra ETA. Era una mentira burda: Yolanda, una estudiante de electrónica de Deusto que vivía en Aluche, pertenecía a una formación que condenaba explícitamente la violencia terrorista.
Aquella no fue una "guerra entre bandas". Fue el secuestro y ejecución de una líder estudiantil a manos de fanáticos que se sentían impunes. Hellín le disparó dos veces a menos de un metro; un acto de una frialdad que buscaba no solo matar a la persona, sino amedrentar a toda una generación que empujaba por la democracia.
Aunque los asesinos fueron condenados, el caso de Emilio Hellín Moro es una herida abierta en la memoria democrática de España. Condenado a 43 años, su trayectoria posterior parece el guion de una película de suspense político:
Fugas rocambolescas: sprovechó permisos penitenciarios para huir a Paraguay bajo la protección de la dictadura de Stroessner.
Reinvención técnica: tras ser extraditado y finalmente cumplir parte de su condena, se convirtió en un experto en peritaje criminalístico y análisis de comunicaciones.
Lo que resulta éticamente inasumible para una democracia consolidada es que un asesino convicto de la extrema derecha haya terminado trabajando como asesor para los cuerpos de seguridad del Estado (Policía y Guardia Civil) en democracia.
Es un insulto directo a la familia de Yolanda y a la calidad de nuestras instituciones.
Recordar a Yolanda González no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de higiene democrática. Su figura representa a esa juventud trabajadora que no pidió permiso para ser libre. Mientras Hellín Moro ofrece sus servicios técnicos en despachos oficiales, el nombre de Yolanda sigue resonando en las calles de Deusto y Vallecas como un recordatorio de lo que costó llegar hasta aquí.
La Transición no fue un regalo; fue una conquista que se pagó con vidas como la de Yolanda.
Ignorar que sus asesinos han encontrado cobijo profesional en las estructuras del Estado es permitir que, de alguna forma, aquellos disparos de 1980 sigan resonando en el presente.
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