La trampa de la historia: ¿Realmente tiene Tucídides la culpa de todo?
La reciente "provocación" de la primera ministra japonesa respecto al estatus de Taiwán no es solo un titular diplomático; es la mecha de un polvorín que muchos teóricos consideran predestinado a estallar.
Mientras los ejercicios militares chino-rusos se entrelazan en el horizonte con las maniobras de respuesta del archipiélago y su aliado estadounidense, una sombra intelectual recorre las cancillerías de Occidente: la de un historiador griego que murió hace más de 2.400 años.
Hoy, la narrativa predominante sugiere que "la culpa de todo la tiene Tucídides". Pero, ¿es una fatalidad histórica o una profecía autocumplida?.
El concepto, popularizado por el politólogo Graham Allison, se basa en la observación de Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso: "Fue el ascenso de Atenas y el miedo que esto inspiró en Esparta lo que hizo que la guerra fuera inevitable".
En el contexto actual de Asia Oriental, el tablero se lee bajo este mismo prisma:
El ascenso de Pekín, una potencia emergente que busca recuperar lo que considera su esfera de influencia natural (Taiwán).
El miedo de Washington, una potencia establecida que ve en el dinamismo chino una amenaza existencial a su hegemonía global y a sus alianzas en el Pacífico.
El papel de Japón, el archipiélago, lejos de ser un espectador, actúa como el catalizador que acelera la fricción, obligando a las potencias a mostrar sus cartas.
Es cierto que las demostraciones de fuerza —maniobras navales, incursiones aéreas y retórica inflamatoria— no equivalen técnicamente a una declaración de guerra. Sin embargo, la tensión latente crea un entorno donde el error de cálculo es el mayor riesgo.
Culpar a Tucídides es, en cierta medida, una forma de evadir la responsabilidad política.
Al etiquetar el conflicto como "inevitable" basándose en una ley histórica, los líderes corren el riesgo de abandonar la diplomacia creativa. Si Washington y Pekín están convencidos de que la colisión es una constante física, cada ejercicio militar deja de ser una medida disuasoria para convertirse en el preludio de un ataque preventivo.
Como suele ocurrir en estos juegos de alta política, las consecuencias del determinismo histórico recaen sobre los hombros de quienes menos voz tienen.
Una guerra en el Estrecho de Taiwán no sería un ejercicio académico sobre realismo político; sería el colapso de las cadenas de suministro globales, una crisis energética sin precedentes y, por supuesto, la pérdida de vidas humanas en una escala difícil de procesar.
"La historia no se repite, pero a menudo rima". Atribuirle la "culpa" a Tucídides es ignorar que los actores actuales tienen agencias que los antiguos griegos no tenían: comunicación instantánea, interdependencia económica radical y la memoria de la destrucción nuclear.
La tensión en Asia Oriental es real, pero la inevitabilidad es una construcción mental. No es Tucídides quien mueve los portaaviones, sino gobiernos que han decidido que el prestigio y la hegemonía valen más que la estabilidad regional.
Si la guerra llega, no será porque una ley histórica lo dictó, sino porque la política fracasó al intentar escapar de una analogía del siglo V a.C.
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