La ceguera voluntaria: Sudán y el costo del olvido
Resulta paradójico que, en la era de la hiperconectividad, una tragedia de las dimensiones de la de Sudán pueda quedar relegada a un segundo plano.
El hecho que nos ocupa —la toma de El Fasher por las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF)— no es solo un hito militar; es el recordatorio de una herida abierta que supura crímenes de guerra, tráfico de oro e injerencias extranjeras.
Si bien la rivalidad entre Al-Burhan y "Hemedti" desencadenó la pólvora, el incendio es alimentado por manos externas.
La mención a los Emiratos Árabes Unidos y al tráfico de recursos subraya una verdad incómoda: la guerra en Sudán es un negocio para algunos y un infierno para millones.
La caída de El Fasher el pasado octubre marcó un punto de no retorno. Como último bastión de resistencia y refugio para cientos de miles de desplazados en Darfur, su asedio y posterior toma representan el fracaso de los mecanismos de protección internacional.
Cuando el hambre se utiliza como arma y el abuso se convierte en norma, el término "epicentro del sufrimiento" deja de ser una metáfora para convertirse en un dato estadístico aterrador.
La "intensidad" de la guerra civil sudanesa, como bien señala el recorte, solo parece sacudir a los medios occidentales cuando el horror alcanza cuotas imposibles de ignorar.
Sin embargo, la atención es efímera. La injerencia extranjera busca provecho en el caos, mientras el mundo consume el oro sudanés sin preguntarse cuánta sangre costó extraerlo.
Sudán nos interpela. No podemos permitir que el cansancio informativo o la distancia geográfica nos vuelvan inmunes al dolor ajeno.
Si Sudán es hoy el epicentro del sufrimiento, es también el epicentro de nuestra responsabilidad ética. Ignorar lo que sucede en El Fasher es, en última instancia, aceptar que hay vidas que valen menos que los minerales que yacen bajo su suelo.
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