Eterna Julita: el eco de una luz que no se apaga

Hoy, durante todo el día y más a las 21:00, un año después, el aire lo siento más denso, con un silencio que retumba en el tiempo. 

Julita, mi madre, no era solo una presencia; era la esencia que llenaba la casa, la residencia y cada lugar que pisaba con su mirada pícara y su energía incansable.

Cuanta razón tenías, mamá, cuando decías con esa sabiduría tuya: “A ver cómo os apañáis cuando yo falte”. Hoy te confieso que sigo aprendiendo a apañarme.

Extraño aún las llamadas diarias para saber qué hacía o para contarme cualquier "chisme". Me duele el recuerdo de las veces que no te contesté por las prisas del trabajo, pensando que el tiempo era infinito.

Extraño el olor de la cocina, aquellas tortillas que preparabas al alba para el bar, (junto a la familia "porretas" en la radio), hechas con ese ingrediente que a ti nunca te faltaba: el amor. 

Extraño tu consuelo, la forma en que acariciabas mi mano asegurándome con la mirada que todo estaría bien, como si tuvieras un mapa del futuro en tus ojos.

La pandemia nos robó los besos y el contacto, y sé que eso te rompía el alma. Por eso, cuando el destino nos puso en la recta final, me propuse devolverte cada caricia con creces. Esos besos "escandalosos" que te encantaban y que hacían que tus ojos se iluminaran son mi tesoro más preciado.

A veces me asalta la duda de si te cuidé como merecías. Es una sombra que me acompaña, igual que la incertidumbre de si me estoy cuidando yo ahora. Pero sé que me observas y que, cuando tropiezo, estiras tu mano desde la eternidad para ponerme de pie.

También tengo momentos que se quedan suspendidos en el tiempo, grabados a fuego no por el dolor, sino por la paz que transmiten. 

 Hace un año, un día antes de irte, fue uno de ellos. Te veía allí, descansando finalmente "a gusto", envuelta en esa calma profunda que solo la sedación de la morfina lograba darte tras tanto camino recorrido.

Pero entonces, ocurrió el milagro de lo eterno en lo fugaz. En uno de esos instantes de despertar, abriste los ojos. Esos ojos tuyos, intensos, rebosantes de una luz que no parecía de este mundo y de un amor que me envolvió por completo. Giraste la cabeza, con tu pelo con ese morado dándole un toque de rebeldía y color a la despedida, y me regalaste una sonrisa. Fue una sonrisa que no necesitó palabras para explicarse. En ese gesto me lo dijiste todo. Me dijiste que, por fin, estabas bien. Me aseguraste, con el brillo de tus ojitos, que yo también estaría bien. Me confesaste que lo que sea que estuvieras viendo "allá en el otro lado" te gustaba, y que ya no había por qué temer. Fue una mirada de paz absoluta, un puente entre tu mundo y el mío. Poco después, volviste a dormir y tus ojos no se volvieron a abrir para mí en esta vida. Pero ya no hacía falta. Me fui a casa con el alma inundada de una tranquilidad que no puedo explicar. Sabía que no había marcha atrás, que habíamos cruzado juntos el umbral hacia una fase diferente. 

Me dejaste el corazón en calma, mamá, y esa última mirada es la brújula que hoy guía mi duelo hacia la serenidad.

Y hoy el mundo sigue girando.

Dicen que la vida sigue, pero nadie te explica cómo se hace para caminar cuando te falta la brújula, cómo se respira cuando el aire parece pesar el doble. Tu partida no fue solo una despedida; ha sido el inicio de un camino desconocido y profundamente complejo hasta hoy. 

Atravesar el duelo por ti, mamá, está siendo la batalla más difícil de mi vida. No es una línea recta como dicen los libros; es un mar embravecido que me lleva de un sentimiento a otro sin previo aviso.

A veces, por un segundo, olvido que no estás. Busco el teléfono para contarte algo o espero oír tu voz en la cocina. Ese segundo de realidad que sigue es un golpe seco que me vuelve a derribar. Me pregunto por qué ahora, por qué fue así. 

Me castigo pensando en lo que no dije o en el tiempo que nos faltó, aunque sé que tu amor siempre fue incondicional. Es un peso en el pecho que me recuerda que ya no habrá más abrazos de esos que curaban todo. Tu ausencia es un ruido constante en mi soledad. Aunque el dolor sea hoy el protagonista, sé que tú, Julita no eres sinónimo de tristeza. Eres la fuerza que me diste, los consejos que ahora resuenan como verdades absolutas y esa forma única de cuidar que solo tú tenías. 

Mamá, estoy aprendiendo a vivir con este vacío, aunque me cueste la vida misma. No sé cuánto tardaré en encontrar la paz, pero te prometo que guardaré tu nombre y tu recuerdo como el tesoro más sagrado. 

Y hoy, 23 de febrero, celebrarás seguro que si, con las supraconciencias eternas mamá. 

Baila, canta, da palmas y sonríe, que aquí al lado, yo seguiré caminando con el objetivo de volver a verte pronto. 

Te quiero y te extraño mamá, con todas mis fuerzas.

Feliz día en la supraconciencia eterna Julita. 

Gracias por ser todo: madre, amiga, obrera incansable y maestra de la verdad. 

Sigue volando alto, Julita.  

Aquí abajo, tu luz sigue encendida en mi memoria.


Comentarios

  1. Qué tiernas palabras primo, me ha gustado cuando dices "estoy aprendiendo a vivir con este vacío".
    Ese aprendizaje no te lo enseña nadie, no hay profe que te guíe, tenemos que ser autodidactas en esta materia.

    Pensar que nos encontraremos con ellos, eso es algo que ocurrirá seguro, pero de momento tenemos que estar aquí, porque hay personitas a nuestro lado que necesitan abrazos.



    Vuela alto Julita, y échale una mano a Ricardo que es el nuevo en llegar, y si puedes prepararle una tortillita.. que seguro que llega con hambre y se pondrá a currar.

    Os seguiré viendo en las estrellas.

    Un abrazote

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