23F: El mito que blindó a la monarquía

Han pasado 45 años desde que los disparos de Tejero en el Congreso congelaran el corazón de España. Casi medio siglo después, el relato oficial del 23 de febrero de 1981 sigue presentándose como la "noche de la confirmación democrática". Sin embargo, bajo el barniz de la épica oficial, las costuras del mito empiezan a ceder ante el peso de los silencios.

El 23F no fue solo un golpe de Estado fallido; fue, ante todo, una operación de marketing político involuntaria (o quizás no tanto) que legitimó a la Corona. Hasta esa noche, la monarquía era vista por muchos como una herencia directa del franquismo. Tras el mensaje televisado de Juan Carlos I, la institución se transformó en el escudo protector de la libertad. Pero, ¿a qué precio se construyó este blindaje?

La narrativa de una cúpula militar unánimemente leal a la Constitución es, cuando menos, una verdad a medias. Los datos son tercos:
Lealtad bajo sospecha: solo 3 de los 11 capitanes generales se mantuvieron plenamente leales desde el primer minuto. El resto esperó, observó y midió hacia dónde soplaba el viento antes de dar el paso.

Cifras maquilladas: se vendió un 99,40% de fidelidad constitucional en el ejército, una estadística que hoy se antoja más propia de un régimen autoritario que de una realidad compleja donde el ruido de sables era la banda sonora de la Transición.

Silencios judiciales: resulta chirriante que la justicia militar nunca tomara declaración al Rey.

Si él era el protagonista central, ¿cómo pudo cerrarse el caso sin su testimonio directo en el sumario?

El testimonio de quien fuera el hombre de confianza de la Zarzuela, Sabino Fernández Campo, fue sistemáticamente orillado. Su famosa frase "Ni está ni se le espera" —referida a Armada— ha quedado en el imaginario colectivo, pero lo que Sabino sabía sobre las horas previas y las negociaciones en la sombra sigue siendo un terreno vedado. Apartar su visión crítica fue fundamental para mantener el relato de la "monarquía providencial".

Una democracia madura no debería temer a su propia historia. Mantener archivos cerrados y secretos de Estado tras cuatro décadas no protege a las instituciones; las debilita al sugerir que su estabilidad depende de la ignorancia ciudadana.

El 23F fue la gran coartada para no cuestionar la Corona durante décadas. Hoy, la transparencia no es una opción, sino una deuda pendiente. 

Es hora de que la verdad deje de ser un asunto de Estado para ser, simplemente, un derecho de los ciudadanos.

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