La soberanía del adiós: noelia frente al asedio del dogmatismo

El derecho a decidir sobre el final de la propia vida es, quizás, la última frontera de la libertad individual. El caso de Noelia, una joven mayor de edad con paraplejia que ha solicitado acogerse a la Ley de Eutanasia, ha vuelto a poner sobre la mesa una realidad incómoda: para algunos, la ideología pesa más que la compasión y la voluntad ajena.  

En su conmovedor libro "Deseenme un buen viaje", la periodista Gina Montaner narra la travesía de su padre, el intelectual Carlos Alberto Montaner, hacia una muerte digna. Sin embargo, en aquel relato, los obstáculos eran de otra naturaleza. Montaner describe una lucha contra la burocracia estatal y la frialdad de ciertos estamentos médicos que, bajo un paternalismo mal entendido, ponían cortapisas al deseo de un hombre lúcido de no ver su dignidad desintegrada por la enfermedad.  

Hoy, con Noelia, el escenario ha mutado de forma perversa. Ya no es el Estado el que impide el proceso —la legislación española actual ampara y garantiza este derecho—, sino el entorno familiar más íntimo. 

En una maniobra que roza el ensañamiento, su padre, asesorado por la organización-secta Abogados Cristianos, pretende judicializar un dolor que no le pertenece, intentando arrebatarle a su hija la soberanía sobre su propio cuerpo.  

Resulta paradójico que quienes suelen enarbolar la bandera de la libertad sean los mismos que recurren a estrategias legales agresivas para imponer una visión moral única. La intervención de grupos-secta como Abogados Cristianos no busca proteger la vida, sino validar un dogma. 

Al asesorar al padre de Noelia para bloquear el proceso, están ignorando la realidad de una persona mayor de edad, con plenas facultades mentales, que define su existencia actual como un "sufrimiento insoportable".

La eutanasia no es una obligación impuesta por el Estado, sino una opción garantizada por la ley para quienes consideran que su ciclo vital ha llegado a un punto de no retorno y degradación.  

Intentar tutelar la voluntad de una mujer adulta basándose en preceptos religiosos o morales externos es una forma de violencia. Es convertir la tragedia ajena en una trinchera política. 

Si bien el dolor de un padre ante la pérdida es comprensible y humano, su amor debería canalizarse a través del acompañamiento, no de la imposición judicial.

La diferencia fundamental entre el caso narrado por Gina Montaner y el de Noelia es que hoy contamos con un marco legal que debería ser un refugio. La ley está para evitar que el individuo quede desprotegido frente a instituciones o grupos de presión.

Negarle a Noelia su derecho a "un buen viaje" es condenarla a una existencia que ella no reconoce como propia. 

La compasión empieza por escuchar al que sufre, y la justicia termina por respetar su última voluntad. 

Nadie, ni el Estado, ni los médicos, ni mucho menos una asociación con una agenda ideológica ultra religiosa, tiene derecho a decidir cuándo es suficiente el dolor de otro.

Lo más inquietante del asedio judicial contra Noelia es la procedencia ideológica de quienes lo impulsan. Vivimos en un tiempo donde los sectores vinculados a grupos-secta como Abogados Cristianos suelen presentarse como los máximos defensores de la libertad frente a la "intromisión del Estado". 

Exigen menos impuestos, menos regulación y que el Gobierno se mantenga fuera de sus negocios y de sus propiedades. Sin embargo, ese fervor liberal se evapora en cuanto cruza el umbral de la alcoba o de la habitación de un hospital.

Es aquí donde surge la gran hipocresía: plantean un liberalismo feroz para la sociedad y la economía, pero imponen un dogmatismo religioso medieval para el cuerpo ajeno. 

Para estos sectores, la propiedad privada es sagrada, excepto cuando esa "propiedad" es la propia vida y la voluntad de una mujer como Noelia. 

En ese punto, el individuo deja de ser soberano para convertirse en súbdito de una moralidad colectiva que ella no ha elegido.
 
La amenaza ya no viene de las instituciones públicas, sino de un "liberalismo" de fachada que, asesorado por el fanatismo, pretende utilizar los tribunales para secuestrar la autonomía de una persona. Intentar impedir que Noelia ejerza su derecho es el acto más antiliberal imaginable; es colectivizar el sufrimiento de una mujer bajo el pretexto de una fe que no todos comparten.

Estos grupos utilizan la bandera de la libertad solo cuando les conviene, denunciando que no hay nada menos liberal que obligar a alguien a vivir un calvario por imperativo religioso.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentín González Prieto: hoy, en la supraconciencia, vuelve a cumplir años

Trazado arquitectónico para un campesino en el Oriente Eterno: el taller resiste, pero mis columnas se oxidan, Valen.

La invisibilidad de mi lucha. Más allá del "yo te veo muy bien".