Julita: La luz detrás de la mirada
Ha pasado la primera navidad sin ti. Hoy, las palabras se agolpan queriendo rendirte el homenaje que mereces, mamá.
Siempre fuiste única, y esa singularidad empezaba en tu pelo, ese color lavanda que no era solo un tono, sino una declaración de intenciones: una forma de decirnos que la vida, incluso en el invierno de los años, puede tener colores vibrantes y hermosos.
Pero lo que realmente nos sostenía era tu mirada. En tus ojos encontrábamos siempre el refugio, una mezcla de sabiduría y una chispa de picardía que nunca se apagó. Y tu sonrisa... esa sonrisa que aparece en tus fotos es el recordatorio más dulce de que la felicidad reside en los momentos compartidos, en el cariño de los hijos y en la sencillez de estar juntos.
Sé que para ti estas fechas eran difíciles. El 31 de diciembre cargaba con la sombra de la ausencia de tu propia madre, y después de papá y esa tristeza te acompañó durante mucho tiempo. Sin embargo, con una fortaleza admirable, decidiste que el paso de los años no te quitaría las ganas de vivir.
Al contrario, cada vez disfrutabas más de nosotros, de la vida, de exprimir cada segundo allá donde estuvieras.
Nos diste una lección de resiliencia: que el dolor de ayer no tiene por qué robarnos la alegría de hoy.
Ahora que no estás, la Navidad ha perdido su color. Para mí, todo se ha vuelto gris. Sin tu presencia física, el brillo de las luces parece apagado y el vacío se siente más profundo que nunca.
Además, cuando mi. salud flaquea, la falta de tu aliento y de tu fuerza se hace todavía más pesada. A veces, en el silencio, solo espero poder volver a sentir tu energía, ese impulso vital que tú tenías y que ahora necesito más que nunca.
Julita, aunque hoy todo parezca nublado, me quedo con tu imagen: la de la mujer del pelo de colores, la de la mirada limpia y la sonrisa eterna.
Gracias por enseñarme a disfrutar de la vida a pesar de las sombras.
Te llevo en cada latido y en cada recuerdo.
Te quiero siempre, Julita.
Comentarios
Publicar un comentario