El peligroso mito de la neutralidad: ¿Por qué sigo hablando de política?


"No hables de política, dedícate a vivir", es el mantra que resuena con frecuencia en mi entorno. "Perderás seguidores", advierten otros, como si el éxito profesional debiera medirse exclusivamente por el volumen de una audiencia silenciosa y no por la honestidad del mensaje. 

La pregunta que subyace siempre es la misma: ¿qué tiene que ver la política con nosotros?.

A simple vista, podríamos caer en la tentación de la indiferencia. 

Si no soy emigrante, ni sufro la discriminación por mi orientación sexual; si no soy una persona mayor desatendida, ni un joven sin futuro; si no vivo en la "España vacía" ni sufro en primera persona los estragos directos de la sequía o la guerra, ¿por qué insistir?.

Si tengo la fortuna de no estar parado, de no tener que elegir entre calefacción o comida, y de tener a mis hijos sanos, ¿por qué empeñarme en hablar de lo que ocurre fuera de mi burbuja?.

La respuesta es sencilla: porque la supuesta neutralidad no existe.
Ya lo decía Antonio Machado a través de Juan de Mairena: "Haced política, porque si no la hacéis, alguien la hará por vosotros y, probablemente, contra vosotros". 

Cuando alguien me sugiere que no me "meta en política", lo que realmente le incomoda no es mi participación ciudadana, sino que mi visión no coincide con la suya.

Debemos entender que decidir quedarse al margen es, en sí mismo, un acto profundamente político. El silencio no es ausencia de ideología; es el cemento que apuntala el statu quo y permite que las cosas sigan exactamente como están.

Resulta preocupante que hoy se pretenda imponer una penalización a quienes expresan una postura. Se nos invita a aceptar como algo "inevitable" el insulto, el sectarismo y el odio, como si el debate fuera una imposibilidad y la discrepancia anulara cualquier entendimiento.

Se nos dice que hablar tiene consecuencias, en un intento de silenciar que no se limita a ser mero decorado.

Hace muuuuchos años, recibí el mismo consejo: "No te metas en líos". Desde entonces hasta hoy, he aprendido que la vida es inseparable de la realidad que nos rodea. 

Seguiré hablando de política no porque esté "loco", sino porque la alternativa —la indiferencia— es un lujo que, como sociedad, no nos podemos permitir.

Ismael Serrano, no cambies nunca, gracias por ser así. 

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