El límite de la palabra: por qué no se debate con la barbarie fascista
En los últimos tiempos, se ha instalado una peligrosa narrativa que confunde la libertad de expresión con la obligación de sentar en la mesa del diálogo a quienes desprecian los cimientos de la convivencia.
Se nos dice que "hay que debatir con todos", bajo una falsa apariencia de neutralidad. Sin embargo, cuando el interlocutor es alguien que se niega a condenar una dictadura o que trivializa el dolor de miles de compatriotas aún enterrados en cunetas, el debate deja de ser un ejercicio democrático para convertirse en una herramienta de blanqueamiento público del fascismo.
Resulta paradójico —y profundamente hipócrita— observar cómo ciertos sectores de la ultraderecha española exigen con vehemencia condenas sin paliativos frente al terrorismo de ETA, mientras mantienen un silencio cómplice o incluso nostálgico frente al terrorismo de estado del franquismo.
Han convertido el negacionismo en una suerte de postura "rebelde" o "cool", cuando en realidad no es más que una patología democrática.
No hay "polémica" real cuando un intelectual se planta y decide no compartir plató o tribuna con quien cuestiona los Derechos Humanos. Lo que hay es higiene política.
Debatir sobre la Guerra Civil o la Dictadura con quien no parte de un mínimo consenso ético (que matar al adversario político estuvo mal) no es intercambiar ideas; es validar la posibilidad de que la atrocidad sea una opción política legítima.
La democracia no es un cheque en blanco para el odio. Para que el diálogo sea posible, debe existir un marco común de racionalidad y ética.
No se puede debatir sobre la gestión de lo público con quien deshumaniza a las víctimas. Negarse a recuperar los restos de miles de compatriotas en fosas comunes no es una "postura política", es una falta de humanidad básica.
Porque normalizar la dictadura y presentar un régimen totalitario como un periodo de "orden" o "prosperidad" es un insulto a la memoria y a la inteligencia.
Porque no se puede dar lecciones de democracia mientras se honra a quienes la destruyeron.
Aceptar estos debates bajo el mantra de la "pluralidad" es caer en la trampa del fascismo moderno. El objetivo de la ultraderecha no es convencer mediante el dato o la lógica, sino embarrar el terreno de juego hasta que sus ideas, antes marginales por su crueldad, parezcan una opinión más en el menú del día.
Como sociedad, debemos entender que poner límites no es censura; es autodefensa. La libertad de expresión termina donde empieza la apología de la falta de libertades.
Debatir en tono amable con quien desprecia tu existencia o la de tus antepasados no es civismo, es claudicación ética.
En definitiva, si queremos preservar la democracia, debemos dejar de tratar la barbarie como una "opinión respetable".
Los derechos humanos y la dignidad de las víctimas no son negociables, y mucho menos, carne de tertulia.
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