Ellas. Las gatas bajo la lluvia

Cada vez que íbamos a almorox la Julita, allá donde estuviera, se le activaba la mente y el alma. Era llegar y llamarla para preguntar ella qué tal estaban "los abuelos" y preguntarle a Carmen ella, qué tocaba hoy de comida y que le contara si lo hacía de tal o cual manera. Y al mismo tiempo la decia que tuviera cuidado con Félix no tuviera algún percance de tanto trasegar en la parcela. Siempre terminaban con eso de "Carmen en cuanto haga bueno vamos allí a comernos una paella y me enseñas los gatitos" siempre siempre tenían o la excusa del calor o del frío. Pero nunca llegaba ese momento... y creo que ellas dos les encantaba cuchichear de comida, y entre medias luego venían las rosquillas, la empanada o las torrijas. Mamá alucinaba con que Carmen siento ciega fuera tan echada para adelante y a Carmen que mamá estando en silla de ruedas fuera tan echada para adelante incluso cuando estaba malita y ése afán de estar conectada con la vida. Ahora ya no es lo mismo. Nada es lo mismo. Cuando llegamos a la parcela falta ésa rutina y es un pequeño gran vacío que va inundando todo conforme se van iluminando las luces de navidad y todo eso que tanto le gustaba a mamá, sobretodo el ponerlo, y el quitarlo. Y eso que a ella no le gustaba la navidad ya, por el recuerdo de la abuela, que nunca se le quitó si ausencia del corazón. Pero era como un ganar el pulso a la vida y decirle "otro año más que aguanto aquí, erguida". Ahora seguiremos erguidos por una mera inercia de vida, sin sentido, sin luz, sólo dando vueltas cuál hámster en su rueda. Las navidades que uno pasa ya sin nuestros mayores son el aviso de que los siguientes seremos nosotros en faltar...

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